Salones, tertulias y mujeres de la élite criolla latinoamericana

Prácticas de sociabilidad y circulación de ideas

 

 

 

Adriana Micale

Universidad de Congreso. Mendoza, Argentina

 


Introducción

 

Hacia fines del siglo XVIII y principios del XIX, en la vasta y compleja geografía latinoamericana, se desarrollaron espacios de sociabilidad privada denominados por la historiografía americana salones, por la similitud con las reuniones que se celebraban en Francia. En América, algunas figuras femeninas de la elite criolla desplegaron sus saberes cumpliendo un papel singular respecto de la movilidad social, y la difusión y circulación de ideas en la época. A la par estaban las tertulias que, heredadas de la cultura ibérica, eran reuniones en casas particulares sin la participación de mujeres destacadas ni sobresalientes por su formación intelectual. Capitales de ex virreinatos como el de Nueva Granada, Río de la Plata y del Perú, así como regiones más alejadas, pero de tránsito y de ligazón con los grandes centros del poder como lo fueron Santiago de Chile y Mendoza en Cuyo, son algunos de los escenarios concretos de estos espacios de sociabilidad y del cambio que significó la Ilustración para América.

 

Los estudios sobre esta temática en Latinoamérica vienen transitando un importante camino en las últimas décadas desde la historia social, la historia de la cultura y la historia de las mentalidades, pero aún brindan aportes parciales a cada una de las regiones1. Distinta es la situación en Europa, donde investigaciones como las de Verena von der Hieden-Rinsch2 y Benedetta Craveri3, por nombrar sólo algunas, superan las particularidades y logran una mirada universal de un fenómeno de sociabilidad clave para entender la cultura en Occidente. Los inconvenientes para el abordaje de este tema son múltiples y variados. Es sabido que las mujeres no ocuparon cargos públicos y que la deficiente educación durante la Colonia, salvo algunas excepciones, nos enfrenta a la escasez de escritos personales como diarios y epístolas. Incluso la actual mirada sobre los salones y sus mujeres será sesgada e incompleta, ya que la información proviene de los hombres que las frecuentaron.

 

Teniendo en cuenta que este estudio forma parte de una investigación mayor, nos propusimos abarcar la América Hispana en su sociabilidad íntima, a partir de diferentes tipos de salones y salonniers y algunas tertulias, con el propósito de vincularlos con el mundo cultural europeo. Para alcanzar este objetivo nos preguntamos, ¿cómo fue desde el punto de vista social el funcionamiento de estos espacios? ¿quiénes asistieron a ellos y qué acciones se desplegaron? Desde lo ideológico, ¿qué ideas circularon y de qué modo contribuyeron a la formación de la opinión pública? Finalmente, desde lo político, ¿de qué modo colaboraron en la transición del mundo colonial al republicano? El caso de algunas tertulias será clave para mostrar las diferencias con los salones.

 

De Europa a América

 

El escocés David Hume, en uno de sus ensayos observó a la sociedad con ojos de extranjero y al mismo tiempo de ciudadano británico:

 

“Los ingleses son, quizás, mayores filósofos, los italianos mejores pintores y músicos; los romanos fueron más grandes oradores, pero los franceses son los únicos, con excepción de los griegos, que han sido a la vez filósofos, poetas, oradores, historiadores, pintores, arquitectos, escultores y músicos (…) y en la vida de cada día han llevado al sumo grado de perfección aquel arte que, entre todos, es el más útil y agradable, el art de vivre, el arte de la sociedad y de la conversación”4.

 

El máximo exponente de la Ilustración escocesa había vivido en París entre 1763 y 1765, colaborando con el embajador Lord Hertford ante el reino de Luis XV, y había frecuentado en los salones parisinos a la elite aristocrática y de la burguesía francesa. En esos espacios de sociabilidad conoció a Voltaire, y al propio Rousseau, con quién mantuvo una amistad que finalmente se rompió. Por esos salones también transitó D´Alambert, quien consideró que en esas reuniones “unos llevaban el saber y las Luces” y “los otros esa cortesía y urbanidad de la que ni siquiera el mérito puede prescindir”5. El propio barón de Montesquieu, un asiduo concurrente a los salones, mostró en más de una oportunidad sus manuscritos para que los asistentes debatieran sus ideas e hicieran comentarios y críticas. De uno de esos salones salió la aprobación a sus Cartas Persas, donde se ridiculizó entre otras cosas a la corte francesa; y del bolsillo de una salonnier salió el dinero para imprimir los primeros quinientos ejemplares Del Espíritu de las Leyes6. Una anécdota refiere que el propio Rousseau, al llegar en 1742 a la capital francesa escuchó decir: ¡En París no se consigue nada sin las mujeres!7.

 

Salones como los de Madame de Lambert, Madame de Tencin, Madame Geoffrin, Madame de Longueville, Madame du Deffand o el de mademoiselle Lespinasse, que ellas mismas los presidieron como típicos exponentes de los salones de la Ilustración, fueron en la Francia del siglo XVIII uno de los escalones para conseguir un objetivo concreto. Entre estos, ingresar a la Academia Francesa, vender más libros y gozar de cierto prestigio literario, conseguir un préstamo en una banca, llegar a cardenal de la Iglesia, acceder a la corte del rey u ocupar algún ministerio. Los salones fueron entonces verdaderos peldaños de poder y quienes los dirigieron, el nexo justo para quienes aspiraron ascender.

 

Selectos la mayoría, por los asistentes que los visitaron, y excéntricos unos cuantos, por las propuestas estético-culturales que brindaron, en esos espacios se debatieron temas como la idea que tenía el hombre de sí mismo, su pensamiento y cómo concebir su propia moral, hasta la necesidad de defender la libertad, la propiedad y la seguridad. Todos planteamientos propios de la Ilustración. También se discutieron asuntos como el rechazo a la injusticia, el orden en la sociedad y la laicización de los valores cristianos. No faltaron tampoco las demostraciones y avances científicos, las lecturas, relatos históricos y debates filosóficos y políticos. Los salones franceses fueron laboratorios de sociabilidad y de experimentación de una nueva mentalidad colectiva. Sus dueñas, motores que alimentaron el proceso revolucionario que acabó con la monarquía en Europa. Pero en España el salón no tuvo la misma popularidad. Según Verena von der Heyden-Rinsch, esto se debió a su aversión hacia Francia y hacia todo lo que su cultura significó8.

 

En los salones españoles fueron claves las tertulias en las casas, amenizadas con charlas, juegos de naipes o de prendas, y el reparto de bebidas para ser más agradable la reunión. Algunas de estas reuniones devinieron en saraos cuando les introdujeron música y bailes. Las mujeres españolas tuvieron dificultad para recibir en sus casas y demoraron en incorporar las costumbres de sus vecinos. Recién en la segunda mitad del siglo XVIII, las tertulias evolucionaron incorporando algunas innovaciones del extranjero9. Aún así, las tertulias dieciochescas carecieron de contenido intelectual.

 

Tiempos de cambio en Latinoamérica

 

Conjuntamente con las reformas borbónicas, las ideas de la Ilustración, los cambios producidos en la Revolución Francesa y la influencia de la independencia de las colonias norteamericanas de Inglaterra, a fines del siglo XVIII llegaron a América Latina varias costumbres, entre las que destacan algunos modelos de sociabilidad con una cierta modernidad. Estos fueron los salones, espacios destinados a perdurar con el tiempo a través de algunas transformaciones.

 

La cultura de la conversación también llegó de la mano de algunos americanos que viajaron a Europa y trajeron sus experiencias. El colombiano Antonio Nariño, quien tradujo del francés al español la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en Nueva Granada, los frecuentó en París hacia 1796. Llamado “el Precursor” por sus ideas liberales, sufrió cárcel en Colombia y posteriormente en España a donde trasladaron su condena. De aquí escapó pasando a vivir un tiempo en la capital francesa y en Burdeos10. También el propio Bolívar11 fue un asiduo asistente al salón de Madame Fanny du Villars en París, donde conoció entre otros a la escritora y salonnier Madame de Stäel y Madame Recamier, y a los naturalistas Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland12.

 

Francisco Miranda, precursor de la emancipación en América Latina, también vivió en París siendo invitado por Madame de Stäel a su salón13. Bernardo O´Higgins los visitó en Inglaterra, donde también llegó la cultura del salón pero sin reemplazar las prácticas de sociabilidad de los cafés. La España que conoció Manuel Belgrano si bien no fue ajena a estas reuniones, fue la de las tertulias. La reina María Luisa llegó a prohibirlas debido a que en ellas se criticaba al rey14. Francia impactó a los criollos en Europa. Bolívar señaló: “Si no me acordara que hay un París, y que debo verlo otra vez, sería capaz de no querer vivir”15.

 

Latinoamérica comenzó a experimentar a fines del siglo XVIII y principios del siguiente confrontaciones y cambios ideológicos, filosóficos, políticos, estéticos y de costumbres, que tuvieron a la elite criolla como protagonista. Un reducido número de mujeres vinculado a ella, abandonó lentamente el encierro y la soledad doméstica para hacer sentir su voz. Ejemplo de esto fueron los grupos femeninos que en casi idénticos movimientos de protesta censuraron moralmente a las autoridades virreinales y acompañaron el proceso de cambio. La mayoría de estas mujeres fueron esposas, hermanas o hijas de hombres que participaron en las capitales de los virreinatos durante los movimientos revolucionarios de 1810. También en etapas previas y posteriores a esta fecha16. Las referencias que hacen testigos de la época como fueron los hermanos John y William Parish Robertson, comerciantes escoceses instalados en el Río de la Plata, son un ejemplo. Estos extranjeros nombran a tres “círculos” destacados, entre los que sobresalieron los espacios de sociabilidad de Ana Riglos, Melchora Sarratea y Mariquita Sánchez de Thompson. Los hermanos Robertson no sólo los visitaron en el Río de la Plata, sino que hacia 1843 los recrearon llamándolos salones, círculos o tertulias. Gracias a un rico archivo que poseían, determinaron que:

 

“Dirigía cada una un círculo, no diré político, pero sí puedo decir público. En casa de cada una de ellas oíase hablar de cuanto hacían los hombres de Estado, y como las tres señoras en cuestión se mostraban muy favorables a las alianzas europeas, sus casas eran también punto de reunión de comandantes navales ingleses y franceses, cónsules generales, enviados extranjeros y diplomáticos en general…”.17

 

La ausencia de documentos específicos no nos permite conocer lo que se hablaba en estas reuniones, pero si tenemos en cuenta los acontecimientos que se dieron en la península, podemos inferir que la realidad europea fue tema de conversación junto a las ideas liberales de la época y a noticias escandalosas y de cotilleo, comunes a todas las sociedades en la época18. Ricardo Palma y Paul Groussac aportan datos al respecto, pero sin la seriedad documental necesaria. En Perú, María Micaela Villegas y Hurtado, la amante mestiza del virrey Manuel Amat y Juniet, sufrió el oprobio público femenino por su convivencia ilegítima, su arrogancia, sus fastos y derroches protagonizados en Lima.19 Idéntica situación vivió en el Río de la Plata María Ana Perichón de O´Gorman, la amante del virrey Santiago de Liniers. A ésta mujer se la acusó de espía a favor de los ingleses, portugueses y franceses, y de ayudar a contrabandistas en sus negocios. También se la censuró por supuestas inmoralidades y gastos excesivos. Los apodos de Perricholi para la primera, en alusión a una “perra chola” y Perichona para la segunda, como sinónimo de escándalos, muestran la censura social a fines del siglo XVIII. Si bien en ambos casos no se llegó a la violencia, hubo en cambio una condena pública. Diferente fue la situación de María Francisca Villanova y Marco, la legítima esposa del virrey de Nueva Granada, Antonio Amar y Borbón. Mujer de gran ascendiente sobre su esposo, digitó cargos y nombramientos apenas éste se hizo del gobierno en 1803. Fuerte y de gran carácter, hizo uso de las finanzas de la corona y controló algunos negocios cercanos a la plaza bogotana en beneficio propio. Fue criticada por sus gastos y fiestas, y por la severidad con que trató en público al débil virrey. En agosto de 1810, casi un mes después del grito de Independencia dado por los revolucionarios novo granadinos, la virreina fue recluida en un convento y desde aquí trasladada violentamente por las calles de la antigua Santa Fe de Bogotá hasta la cárcel del Divorcio, un presidio para mujeres. Salvó su vida de milagro pero la repulsa pública marcó un momento de gran tensión.

 

Mujeres polémicas y controvertidas en sus momentos, las tres forman parte de un proceso en el que se observa el ocaso del poder monárquico en América, al tiempo que alimentan y enriquecen la literatura hispanoamericana, el arte, la ópera, el ballet y el cine. Estos hechos, como bien señala François Xavier Guerra, con idénticos protagonistas en la geografía americana, confirman que para fines del siglo XVIII y principios del siguiente ya era evidente un cambio de mentalidad colectiva20. América Latina vivió con estos caso una suerte de Revolución Francesa con Luises y Marías Antonietas en las personas de sus virreyes y virreinas de turno que, aunque sin llegar a la guillotina con ellas, la sociedad y en especial las mujeres mostraron que la sólida moral que les habían impuesto durante la Colonia se estaba resquebrajando. Estas manifestaciones públicas debieron tener su antesala en tertulias y salones, en donde el comportamiento de los funcionarios españoles y de los criollos fue tema de discusión. Entre 1779 y 1812, esto es notorio. En un lapso de 22 años, el paso entre la tradición cultural española a la innovación francesa fue notorio.

 

Durante el gobierno del virrey Vértiz, por ejemplo, se inició un expediente criminal en el Río de la Plata dando a conocer que en el domicilio de Francisco Antonio de Escalada, tío de Remedios, la esposa de San Martín, se reunía gente para hacer uso de la conversación, el juego y también la confección de pasquines en contra del gobierno. En la etapa independentista, algunos patriotas aprovecharon estos ámbitos para detectar personas contrarias a la causa y poder condenarlas incluso hasta con la muerte21.

 

A más de mil quinientos kilómetros de distancia de estas tertulias ya existían en Santiago de Chile los denominados “salones”, en el que practicaba teatro, música y algunas diversiones “refinadas”22. Los responsables de estas reuniones fueron los hombres, confirmando una vez más ese rasgo distintivo de la Colonia que fue el de la preeminencia masculina en la sociabilidad. Sin embargo, para este mismo período, comienzan a manifestarse numerosos ejemplos en Latinoamérica en el que algunos espacios de sociabilidad contaron con el protagonismo femenino. Los casos detectados muestran que el liderazgo de algunas mujeres fue excluyente, unido a que hubo en esas reuniones tolerancia ideológica, mezcla de clases sociales, presencia de artistas, literatos, hombres de ciencia, extranjeros y políticos destacados. Por detrás, cierto bienestar económico como para poder generar ámbitos de recepción cómodos y agradables. La mayoría de estos salones estuvieron ubicados dentro del entramado urbano de las ciudades, permitiendo un contacto entre ellos por medio de los asistentes que los frecuentaron. Las descripciones de estos espacios hechas por algunos testigos de la época y tomadas posteriormente por artistas como Subercaseaux o Leonie Matthis, muestran cómo funcionaron.

 

Con similitudes respecto de los salones europeos, pero también con diferencias significativas, los salones-tertulias registrados en las capitales de los ex virreinatos de Nueva Granada, Río de la Plata y Perú, y zonas de tránsito y unión como lo fueron algunas colonias alejadas, constituyen verdaderos laboratorios de sociabilidad a principios del siglo XIX. En ellos la ideología liberal revolucionaria estuvo presente, mezclada con sentimientos, conceptos vagos y actitudes respecto de lo que estaba ocurriendo. David Collier habla de un entusiasmo patriótico como nota distintiva, que se verá expresado en el lenguaje que utilizaron posteriormente lo líderes de la revolución23. Como se ve, en estas reuniones no sólo estuvieron presentes un lenguaje particular y las curiosidades del momento, sino también el tema político logrando que la opinión privada de algunos de los asistentes tuviera incidencia en la opinión pública.

 

La lista de mujeres y salones es significativa y recién ahora comienza a entenderse el entramado existente entre ellos. Ciudades portuarias como Santa Fe de Bogotá, Buenos Aires y Lima, reunieron ventajas comparativas respecto de las del interior, ya que oficiaron de puertas de ingreso no sólo de mercancías y hombres, sino de publicaciones oficiales como la Gaceta de Madrid y el Mercurio Histórico y Político de España. También libros censurados por la corona española, como el Contrato Social de Rousseau, Del Espíritu de las Leyes de Montesquieu o La Riqueza de las Naciones de Smith, entre otros, que contuvieron ideas contrarias a la monarquía. Entre estas capitales, Santiago de Chile y Mendoza en Cuyo, como regiones distantes y del interior, que oficiaron de lazos entre el mundo atlántico y el pacífico con el cultural europeo.

 

Al marco de observación anteriormente planteado se le agrega la información suministrada por la presencia de algunos archivos privados y de la prensa periódica aparecida en la época, que da cuenta de algunas reuniones que se celebraron. También el testimonio de algunos asistentes a los salones y a las damas que frecuentaron, que describen la dinámica de los mismos, los temas que se hablaron y los invitados que asistieron. Las cartas de Mariquita Sánchez de Thompson, la información suministrada por El Papel periódico de Bogotá y el relato de viajeros como los hermanos John y Williams Parish o Mary Graham, son una muestra de lo antes señalado. También lo son los estudios biográficos comparados, que nos acercan las modalidades de relación que tuvieron las mujeres biografiadas.

 

De acuerdo a la información reunida para la América Latina podemos establecer cinco tipos de salones a principios del siglo XIX. Las tipologías fueron: “salones patriotas”, “salones de conspiración”, “salones de exilio”, “salones eclécticos” y “salones colaboracionistas” o “de espías”. Cada uno de ellos posee características propias y de interacción.

 

Salones y salonniers

 

Tal vez uno de los salones más significativos con carácter “patriota”, devenido en salón “de exilio” y más tarde “de conspiración” fue el dirigido por Javiera Carrera y algunos de los emigrados chilenos que la siguieron luego del desastre de Rancagua en 181424. Movidos por la violencia con que el general español Mariano Osorio entró a Santiago y restableció el poder monárquico en aquel territorio, un grupo de emigrados chilenos cruzó la cordillera de Los Andes hacia Cuyo, estableciéndose finalmente en Buenos Aires. En Chile, en sus comienzos, este salón funcionó en la casona familiar de los Carrera, ubicada en la hacienda San Miguel del Monte, en el Chile Central. Fue presidido por la dama Carrera, la hermana mayor de Juan José, José Miguel y Luis, los patriotas que murieron ajusticiados en Mendoza entre 1818 y 1821. Aquí se reunió periódicamente lo más representativo de la sociedad criolla y se discutió temas como la ruptura con el imperio español, la confección de la bandera y la necesidad de una canción patria. Vicuña Mackenna, uno de los mayores biógrafos de los Carrera, refiere que allí existió un verdadero salón en donde los modales, el buen gusto y el refinamiento de la conversación atrajeron a viajeros venidos de Europa. Hasta aquí llegaron hombres de ciencia que transmitieron a los asistentes el saber y el pensamiento ilustrado en boga en Europa25. Por las noches este mismo espacio de sociabilidad se convirtió en un centro de «conspiración», a donde llegaron soldados y carretas con armas para ser entregados a la “Panchita”, el sobrenombre que recibió Javiera, quien posteriormente lo repartía en la ciudad. Por su valentía, ingenio y ciertamente rencor hacia todos los que estaban en contra de su familia y su causa, le valió otros sobrenombres, como el de “Ana Bolena de Chile”, dado por San Martín después de conocerla. En 1815 Javiera se instaló con sus hermanos en Buenos Aires, en la calle de la Piedad, desde donde comenzó a conspirar nuevamente con planes, dinero y armas para poder regresar a Chile y conquistar nuevamente el poder para su familia. Desde esa fecha y hasta 1820, su salón cambió de domicilio en varias oportunidades. Durante su permanencia en el Plata giraron a su alrededor numerosos apellidos de emigrados chilenos y también intelectuales como Camilo Henríquez, el escritor que había traducido y dado a conocer el Contrato Social en Chile. También Joel Robert Poinsset, agente especial en los países de América del Sur, enviado por el presidente James Madison y el marino David Jewel26.

 

Algunos de los asistentes a este salón en Buenos Aires, se hicieron también presentes en otro salón que existió en el Río de la Plata para la misma época. Fue el de Melchora Sarratea, ubicado en la antigua calle de Santo Domingo, actual avenida Belgrano, en el barrio sur. Hermana de Manuel de Sarratea, triunviro, ministro plenipotenciario y gobernador de Buenos Aires, su relación con él nos hacer recordar a la que tuvo Madame de Tencin con su hermano al abate Tencin. Ambos pares de hermanos vivieron juntos y se apoyaron incondicionalmente en sus inteligencias y en sus aventuras. Melchora no sólo se relacionó con la burguesía criolla local gracias a su hermano, sino que también con extranjeros que llegaron a la capital una vez producida la Revolución de Mayo. Entre estos, los comerciantes ingleses Parish Robertson, los Billinghurst, los Dilon y los Mackinnon, todos vinculados con el libre comercio en boga en Europa y en América Latina. A este salón también asistieron científicos de la talla del naturalista Aimé Bonpland, que había catalogado numerosas especies de la flora americana. Este botánico guardaba un vínculo con Josefina Bonaparte ya que había sido el intendente de la Malmaison, el castillo que tenía la emperatriz con plantas exóticas al oeste de la ciudad de París. También era conocido por haberlo frecuentado Bolívar en París. A lo de los Sarratea también asistieron el ingeniero Carlos Enrique Pellegrini, el físico italiano Octavio Fabrizio Mossotti y el educador Jaime Thompson, todos relacionados con los avances científicos y educativos europeos. Este espacio social, aparte de haber sido del tipo «patriótico» por los asuntos de gobierno que se tocaron y «ecléctico», por la gente que participó, también fue de «conspiración». Por las noches, según testimonio de Tomás de Iriarte, un protagonista y testigo de los tiempos revolucionarios en el Río de la Plata, Melchora recibió entre 1817 y 1818, desde Montevideo, prensa clandestina, dinero y órdenes de tráfico de armas para conspirar en contra del gobierno de Juan Martín de Pueyrredón27.

 

La conexión entre estos ámbitos de sociabilidad y sus damas fue significativa. Salones como los de Mariquita Sánchez de Thompson, Ana Riglos, Josefina Izquierdo y Casilda Igarzabal de Rodríguez Peña, en Buenos Aires, recibieron muchas veces los mismos asistentes28. Incluso entre ellas tuvieron vinculación de amistad. La más ubicua fue Mariquita que aparece presente en varios acontecimientos con carácter patriótico. Típica mujer con barniz ilustrado y el prototipo indiscutible de salonnier, en su salón tocó el piano, el clavicordio y el arpa y recitó poemas de Lamartine. En su casa se entonó por primera vez el Himno Nacional Argentino y en ella se confeccionaron escarapelas. Junto con otras damas de sociedad participó en la donación de dinero para la compra de fusiles para los patriotas que formaron parte del Ejército del Norte.

 

La movilidad de los criollos para esta época nos lleva a señalar que en 1820 Javiera Carrera cruzó hacia Montevideo llevando su salón para convertirlo en uno «de exilio». Al igual que Madame de Stäel que se prometió no regresar a Francia hasta tanto no desapareciera Napoleón de la escena política, lo mismo hizo Javiera con O´Higgins, hasta tanto sus pies no pisaran más el suelo que la vio nacer. En Montevideo permaneció hasta 1824, trabando amistad con numerosos emigrados residentes en aquella región. Allí logró el apoyo y consideración del general portugués Federico Lecor, quién la visitó periódicamente. De estos años data la correspondencia que mantuvo con Juanita del Pino, hija del virrey Joaquín del Pino y esposa de Rivadavia, a quien le solicitó amparo del gobierno para pasar por Buenos Aires rumbo a Chile. En respuesta a una carta que Javiera le remitió a fines de 1821, Juanita le contestó:

 

“Hice presente su carta a mi Bernardino, e impuesto de ella me dijo asegurara a Vuestra Merced que su asunto lo tomará con todo interés y que hará todo lo que pudiese en obsequio de Vuestra Merced...”29.

 

Esta acción muestra cierta solidaridad entre las mujeres, teniendo en cuenta los padecimientos que sufrieron cuando las luchas independentistas, y también cierta influencia sobre el sexo opuesto al tratar de mediar en asuntos políticos. La presencia de algunos apellidos asistiendo a salones en el Río de la Plata nos permite señalar que había conexión con otros salones en Latinoamérica.

 

El naturalista Aimé Bonpland, que llegó a territorio argentino hacia 1816, había estado en Centroamérica en 1799. En compañía de Humboldt, recorrieron diversas geografías y entraron en contacto con diversas sociedades locales. Sus descripciones son muy ilustrativas, teniendo en cuenta que dejó un friso de cómo eran las reuniones en Caracas en pleno verano cuando las frecuentó. El francés menciona tertulias criollas organizadas cerca del agua, a las que le agrega el elemento de la discusión política en ellas. Sobre éstas apunta:

 

“Hombres y mujeres están ligeramente vestidos. Amplias bandejas de mimbre sobre las que se depositan limonadas, ron y jugos de frutas, flotan alrededor de los invitados. Se discute de política, se habla del increíble lujo de los atuendos femeninos de Caracas…”30.

 

Como se ve el Nuevo Reino de Granada también desarrolló su sociabilidad. Un espacio destacado fue el de Manuela Sanz de Santamaría y Prieto, esposa de Francisco González Manrique y Flórez, abogado de la Real Audiencia de Santa Fe. Considerada por la historiografía local la mujer sabia de finales de la Colonia y el prototipo de la mujer de la Ilustración, dio origen a una famosa tertulia llamada “Del Buen Gusto”, que posteriormente devino en un «salón patriótico» y también «ecléctico». Se conoce que en su domicilio ubicado en la calle de la Portería, cerca de la Plaza de Armas, se celebraron reuniones y a ellas asistieron hombres como José María Salazar, autor de la primera canción patria de Colombia, José Fernández Madrid, Francisco Antonio Ulloa y Manuel Rodríguez Torices, patriotas que se destacaron cuando los sucesos revolucionarios de 1810. Doña Manuela logró atraer en torno de sí no sólo a estos revolucionarios sino que organizó un curioso gabinete de historia natural, formado y clasificado por ella misma que despertó el interés de algunos extranjeros. Entre ellos el naturalista Alexander von Humboldt, que elogió su laboratorio31. La acción revolucionaria desplegada por Manuela hizo que las autoridades la investigaran y que su salón fuera acusado de haber dado a conocer pasquines sediciosos32. Otro «salón patriota» fue el de Francisca Prieto y Ricuarte, prima de la primera dama y esposa de Camilo Torres. Abogado, político e intelectual, está considerado uno de los hombres más cultos de su época. Por su sapiencia la Corte española lo había autorizado a litigar en todas las audiencias de América. El salón de los Torres estuvo también ubicado muy cerca de la Plaza de Armas, frente al observatorio, punto neurálgico de la sociedad. En él se celebraron reuniones secretas para planear el golpe al virrey el 20 de julio de 181033. Hay que destacar que aunque algunas mujeres concurrieron a estas reuniones, sólo algunas fueron consultadas y conocieron los planes finales. Dentro de este último grupo estuvo Juana Antonia Padrón Montilla, la madre de los generales patriotas Mariano y Tomás Carrasquilla, que formaron parte del Ejército Libertador. Se conoce que a partir de 1808 asistió a reuniones en la finca de Bolívar a los pies del Monserrate, y que allí contribuyó con ideas al éxito de la expedición revolucionaria. También que organizó tertulias en su propia casa relacionadas con la causa patriota34.

 

En la misma época Venezuela registró una tertulia que perfectamente podría ser considerada un “salón patriota” donde se celebraron reuniones y veladas literarias. Este fue el de Luisa Arrambide de Pacannis, que concitó el odio realista una vez que el general español José Tomás Boves derrocó la Segunda República en Venezuela. Luego de su entrada a Caracas en 1814, el “Azote de Dios”, como lo denominó Bolívar al general, Luisa fue condenada a azotes públicos en la Plaza de San Juan, por revolucionaria, sediciosa y su vinculación con la causa patriótica35.

 

Tertulias y salones se entremezclan en este tiempo haciendo que el perfil de ambos espacios de sociabilidad sea confuso. Un testigo de la época, el Brigadier General Tomás de Iriarte, que revistó en el ejército realista y posteriormente se pasó al bando patriota cuando las luchas independentistas, habla en sus Memorias de tertulias en Potosí, Chuquisaca y Sucre. También en el interior del territorio argentino36. Probablemente su vida de joven en España lo haya llevado a establecer similitudes con las reuniones de la península, pero las de América Latina tuvieron un componente de reacción hacia la causa realista una vez producida la revolución que trasciende lo que se vivía en una tertulia. El nombre de Teresa Lemoine de Chuquisaca, que fue desterrada por el general Tacón por organizar reuniones patriotas en su vivienda, se suma al de Paula Martínez de Urquijo en Potosí, entre otras37.

 

Mendoza, al oeste de la Argentina, y Santiago de Chile, colonias alejadas de los virreinatos de Nueva Granada, Río de la Plata y del Perú, no fueron ajenas a la impronta femenina. Los dos casos más significativos de «salones colaboracionistas» o «de espías« fueron los de Josefa Morales de los Ríos, más conocida como Pepa. Nacida en México, estuvo casada con el español Pascual Ruiz Huidobro, gobernador civil y militar de Montevideo durante las Invasiones Inglesas38. Este funcionario, en mayo de 1810, votó a favor de la deposición del virrey Cisneros. Hacia 1813 Josefa llegó a Mendoza, después de haber gozado de la vida política en Montevideo, en donde fue conocida como la “Gobernadora de Montevideo”39. En la provincia cuyana enviudó y a raíz de esto la Asamblea General Constituyente le concedió por los servicios prestados de su esposo una pensión de 1500 pesos anuales. Ella estuvo en Mendoza cuando la formación del Ejército Libertador, durante el gobierno de San Martín, y se quedó hasta fines de la década del ´30. Se sabe que residió cerca de la Plaza Mayor, a pocos metros del Cabildo; que “llevó una vida retirada” y que “sus relaciones con señoras estaban reducidas a dos en la alta sociedad, pero (que) mantenía la de todos los hombres más notables”. Damián Hudson en sus Recuerdos Históricos, destaca “Su ilustración, su agradable trato, sus costumbres y maneras cultas”, que le captaron “(…) el respeto y aprecio de cuantos frecuentaban su sociedad”40. Fue visitada por Manuel Escalada, cuñado de San Martín, el colombiano Juan García del Río y el médico inglés Diego Paroissien, todos ligados a la revolución. Rodolfo Terragno sostiene que la correspondencia que cursó Josefa con San Martín más que letras de afecto o de amistad, fueron informes políticos41. Al marchar en 1823 el general a Europa, Josefa Ruiz Huidobro quedó a cargo de sus bienes personales y algunos documentos que él trajo del Perú, destacándose el famoso sable corvo que acompañó a San Martín en las luchas por la Independencia.

 

San Martín tuvo también en Chile una emisaria. Se trató de Agueda Monasterio, esposa del coronel de origen francés Francisco de Paula Lattapiat. Dueña de un espacio de sociabilidad al que asistieron ciudadanos que vivían del trabajo en Concepción, Agueda y su hija fueron las encargadas de escribir las cartas que las familias en Chile les enviaron a los emigrados en Mendoza. El gobernador español Casimiro Marcó del Pont, desconfiando de ella, la persiguió descubriéndole cartas de San Martín en su poder. Mandó perseguirla. Sufrió prisión y la condena de que le amputaran la mano a su hija como castigo por las letras que habían escrito. Agueda fue liberada a poco de ocurrida la batalla de Chacabuco de 1817, cuando San Martín derrotó a los españoles.

 

Palabras finales

 

Lejos de las certezas que podamos manejar sobre el proceso revolucionario de 1810 y la posterior independencia que las colonias alcanzaron de España, consideramos necesario volver a pensar aquel tiempo bajo otras formas de análisis. Espacios de sociabilidad como fueron las  “tertulias”, pero fundamentalmente los “salones” y el rol que en ellos desempeñaron algunas mujeres de la elite criolla en una parte de América Latina, es una de ellas.

 

Desde lo privado, los salones ejercieron, a partir de sus asistentes, cierta influencia política y social, y contribuyeron en la formación y el desarrollo de la opinión pública. La tipología planteada de salones “patriotas”, “de conspiración”, “de exilio”, “eclécticos” y “colaboracionistas” o de “espías”, nos indica que fueron cambiando según la sucesión de acontecimientos, tanto favorables como adversos, que le tocó vivir a las mujeres que los organizaron.

 

Somos conscientes de que muchos de estos salones fueron posibles gracias a los vínculos de hermandad, matrimonio o viudez que tuvieron las mujeres con el sexo opuesto. La mayoría de las mujeres que los organizaron posteriormente no alcanzaron importancia en la vida intelectual de sus respectivas regiones, ni lograron cargos públicos. Pero sus espacios de sociabilidad sirvieron para mostrar que ellas también podían postular maneras diferentes de pensar y de comprender el espacio público.

 

Los salones y las tertulias, verdaderos reductos de sociabilidad en Latinoamérica, son claves para entender aquellos tiempos. Cuando las luchas se acallaron en las primeras décadas del siglo XIX y se reconstituyó la calma, sobrevino la anarquía en muchos lugares de América Latina, entonces la cultura del salón fue imponiéndose significativamente y con ella nuevas mujeres. Se produjo una metamorfosis en defensa de la nueva civilización.

 

Bibliografía

 

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[1] Experiencia recogida en el 1er. Congreso Internacional Las Mujeres en los procesos de Independencia de América Latina, donde se pudo comprobar el estado de la cuestión.

[2] Von der Heyden-Rynsch. Los salones europeos. Las cimas de una cultura femenina desaparecida, 1998.

[3] Craveri. La cultura de la conversación, 2004. 

[4] 4 Ibídem, p. 295.

[5] Ibídem, p. 325.

[6] Se trató de Claudine –Alexandrine de Tencin, más conocida como Madame de Tencin. Craveri señala que la primera publicación que se hizo del Esprit de lois fue en Suiza en 1748, y como obra anónima. Montesquieu envió a Francia dos ejemplares, uno para el canciller d’Aguesseau, para que autorizase su venta, y otro para Madame de Tencin. La primera edición salió con enmiendas y erratas. La dama francesa, en su momento se ocupó de que la edición francesa tuviese su corrector y saliera sin imperfecciones. Craveri. La cultura de la conversación, 2004, pp. 349-350.

[7] Citado por Von der Heyden-Rynsch, Ob. Cit, pp. 52-53.

[8] Ib.dem, p. 202.

[9] Cft. Gaite. Usos amorosos del dieciocho en España. 1972, pp. 36-37 y Abad Zordaya, “Viejos modales y viejas costumbres: espacios privados para la mujer en la vivienda zaragozana del siglo XVIII”. http://www.ub.edu/gracmon/

[10] Forero. Grandes heroínas de Colombia. Doña Magdalena Ortega de Nariño. La precursora, 1970, pp. 49-50.

[11] Bolívar asistió también en Madrid a reuniones en donde entró en contacto con la aristocracia española. Díaz Trechuelo. Bolívar, Miranda, O´Higgins, San Martín, cuatro vidas cruzadas, 1999, p. 30. 

[12] El salón de Madame du Villars quedaba en la rue Basse-Saint-Pierre. Foucault. El pescador de orquídeas. Aimé Bonpland. 1773/1858, 1994, pp. 139-140.

[13] Díaz Trechuelo. Ob. Cit. p. 42.

[14] Hidalgo, “El siglo XVIII. La España Borbónica”.

http://www.juntadeandalucia.es/averroes/iestorredelosherberos/dpto/his/selectividad/textos.pdf

[15] Zapata. Los libros que leyó el Libertador Simón Bolívar, 2003, p.47.

[16] Estos espacios de sociabilidad son perfectamente identificables en las capitales de los ex virreinatos y en las regiones del interior de las antiguas colonias. Romero. Latinoamérica. Las ciudades y las ideas, 2004, pp. 122-128.

[17] Parish Robertson. Cartas de Sudamérica, 2000, p. 384. 

[18] Micale. “Las mujeres. Acción y participación en una sociedad en cambio”. Actores y testigos de la Revolución de Mayo. 2010, pp. 324-326.

[19] Palma. Tradiciones Peruanas II. 2011, p. 52.

[20] Guerra. Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas. 2010, pp. 85-113. 

[21] Carranza. Archivo general de la República Argentina: Período de la Independencia, año 1812; causa de Alzaga (vol. 9), 1897, s/p.

[22] Guerra, Lempériere. Los espacios públicos en Iberoamérica. Ambigüedades y problemas. Siglos XVIII-XIX, 1998, p. 293.

[23] Collier, Simon. Ideas y política de la independencia chilena 1808-1833. Chile, Fondo de Cultura Económica, 2012, pp. 189-191. 

[24] Micale. “Javiera Carrera: la mujer que dividió un país”. Revista Todo es Historia, 1997, pp. 9-18.

[25] Vicuña Mackenna. “Doña Javiera Carrera”. Obras Completas T. IV, 1938, pp. 437-438.

[26] De Iriarte. Memorias. La Independencia y la Anarquía. T. I, 1944, p. 345.

[27] 27 Micale. “Melchora Sarratea”. Revolución en el Plata. Protagonistas de Mayo de 1810. 2010, pp. 534-543.

[28] Saénz Quesada. “Salones. El arma de las mujeres en la Argentina”. Suplemento de Cultura de La Nación, 20-9-1998, p. 2. 

[29] Vergara Quiroz. Cartas de mujeres en Chile, 1630-1885: estudio, selección y notas. 1987, p. 112.

[30] Foucault. El pescador de orquídeas. Aimé Bonpland 1773/1858. 1994, p. 68. 

[31] Vergara y Vergara. Historia de la Literatura en Nueva Granada. Desde la conquista hasta la independencia (1538-1820). T.II. N. 49. 1867, pp. 102-105.

[32] Causa sobre Pasquines Sediciosos. Archivo General de Indias de Sevilla, Legajo 4. 1927.

[33] Cherpak. “Las mujeres de la Independencia”. Las mujeres en la historia de Colombia. Tomo I. Mujeres, historia y política. 1985, p. 85.

[34] Ibídem, p. 85.

[35] Ibídem, p. 86

[36] De Iriarte. Memorias. La Independencia y la Anarquía. 1944, pp. 39, 47 y 125.

[37] Ibídem, pp. 39, 47 y 125.

[38] Correas. “Pascual Ruiz Huidobro”. Revolución en el Plata. Protagonistas de Mayo de 1810, 2010, pp. 483-492.

[39] Battolla. Páginas Inmortales. El libro de oro de la mujer americana. Episodios, anécdotas, acciones heroicas. 1910, p. 12.

[40] Hudson. Recuerdos Históricos sobre la Provincia de Cuyo, 1810-1851. 1966, pp. 21-22.

[41] Terragno. “José y Josefa, una carta que hace revelaciones”. San Martín y su epopeya, 2011, pp. 2-5.

 


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