Ficción histórica peruana:

Las escritoras comprometidas1

 

 

 

 

Thomas Ward

Loyola College. Estados Unidos

 

 

Tal vez no hubiera comenzado a trabajar en la novela histórica femenina si Gloria da Cunha no me hubiese invitado a colaborar en el tomo sobre La narrativa histórica de escritoras latinoamericanas. Después de aquella empresa, he tenido tiempo para investigar y meditar más sobre este cautivador género literario. Tengo una gratitud enorme a Gloria ya que me enfatizó la importancia de la investigación archivística, porque de otra forma seguimos con el mismo canon, con los mismos escritores, guardando el mismo silencio a las autoras de antaño. En el presente ensayo quisiera subrayar a algunas escritoras que presenté en el original (Ward, 2004: 271-305), agregando a otras y sus textos, pero también organizando la materia de una forma diferente destacando tres categorías de ficción histórica peruana concentrándome en dos generaciones discernibles, una que coincide más o menos con el romanticismo y otra que coincide más o menos con el modernismo.

 

Elemental a la novela histórica europea es una acción que acontece antes de la vida de la escritora que la compone. Según Seymour Menton, esta lejanía temporal es esencial para crear la ficción histórica (1993: 15-16). Tiene sentido. Lo que pasa en la vida de una narradora puede haberle afectado. Pero lo que viene antes de su nacimiento es lo que pertenece totalmente a la historia. De esta manera, es posible acudir a los temas abordados con más objetividad. Torres-Pou, partiendo de una lectura de Anderson Imbert, aplaude esta lejanía cronológica de la novela histórica para que no la “confundamos con las testimoniales, con las memoriales e incluso con las novelas de ambientación histórica” (2002: 10). Esta delimitación histórica es fundamental pero problemática para la literatura andina cuando se toma en cuenta la fórmula establecida de inventar personajes que se mueven en un trasfondo poblado por verdaderas figuras de la historia. Las obras nacionales que interpretan la colonia entran mejor en el paradigma ya que los sucesos del pasado se han preservado en los documentos, pero como se verá, las que se remontan al Tahuantinsuyo tienen que acudir a las tradiciones orales que varían de lugar a lugar, de época a época, de interpretación a interpretación, aún cuando todas, obviamente, tengan lugar antes de las vidas de las autoras.

 

Para el siglo XIX, hay tres clases de ficción histórica, la más remota es de ambiente prehispánico, la intermedia de ambiente colonial, y la más inmediata es la referida a las primeras décadas después de la Independencia. Y las autoras del siglo XX y XXI, por un ángulo histórico de mayor amplitud, gozan de más sustancia republicana siempre que ocurra antes del despertar de sus conciencias. La recuperación de este pasado en las narraciones históricas sirve para incorporar a mujeres y andinos a la nación. Por lo tanto no se inventa la nación; simplemente se reúnen sus elementos constituyentes de una forma que se privilegia o no, un sector sobre otro. La meta, como sostiene Thurner, es hacer de los antiguos sujetos coloniales verdaderos ciudadanos de la República (2003: 141).

 

La mayoría de los hombres del siglo XIX solían ser empresarios, políticos poetas, ensayistas, historiadores, o académicos; no mostraron una preferencia por la novela (Tauzin-Castellanos, 1995: 163; Torres-Pou, 2002, 2), y menos por la novela histórica2. Clorinda Matto de Turner hablando de su época corrobora que “todavía la novela trascendental, la novela para el pueblo y para el hogar, no tiene ni prosélitos ni cultivadores” (2006: 137). Matto y otras escritoras, especialmente las activas entre 1850 y 1950, son las que trataron de remediar este vacío cultivando la ficción histórica. Sobresalen las Tradiciones cuzqueñas y Índole de Matto, “La quena” y “El ángel caído” de Juana Manuela Gorriti, “La hija del cacique” y “Andrea Bellido” de Carolina Freire de Jaimes, Jorge, el hijo del pueblo de María Nieves y Bustamante, Roque Moreno de Teresa González de Fanning, Coloniaje romántico y Tiempos de la patria vieja de Angélica Palma, El voto de Amalia Puga de Losada, y La Perricholi de María Alvarado. La segunda mitad del siglo XX se caracteriza por una marcada escasez de obras literarias de mujeres que apelan a la historia. Al culminar el siglo Lucía Fox, quien sí había publicado algunas tradiciones y leyendas en los lustros anteriores, ofreció al público una verdadera joya, Las semillas de los dioses, fortaleciendo aún más la tradición de la novela histórica en el Perú.

  

No es tan difícil explicar el interés limitado por las leyendas, tradiciones y novelas históricas en el Perú, ni por qué fueron las mujeres quienes más se acercaron a estos géneros con la notable excepción de Ricardo Palma, amigo de varias de ellas. Un atributo de la tecnología, telégrafos y litógrafos, luego radios, televisores y computadoras, consiste en fomentar una especie de euforia sobre la modernidad dejando atrás el interés por la historia. Fueron las mujeres a quienes les estaban cerradas las puertas laborales y el acceso a la tecnología quienes ocuparon un espacio atecnológico, más natural para acudir al pasado con el fin de reparar un presente defectuoso. Ellas pensaban establecer un orden al caos político de la primera mitad del siglo XIX para que la segunda fuese más organizada, pese a la guerra con Chile (1879-1883) cuyo antitóxico podría encontrarse en la estabilidad doméstica del hogar. Además, la ficción histórica de posguerra rectificaría la pérdida de los tesoros de la Biblioteca Nacional, saqueada por las tropas chilenas, recuperando el pasado y, a la vez, tomando en cuenta la heterogeneidad del país. La estética doméstica oficialista del XIX que aceptó a las mujeres como escritoras las dejó libres para novelar, y como se dieron cuenta de que sus experiencias rara vez se representaban en el discurso oficial (Urraca, 1999), buscaron en los anales las causas de su aislamiento social y político, para analizarlas, insertándolas en el discurso nacional.

 

Durante el romanticismo peruano se destacan tres géneros que manifiestan un gran interés por la historia: la novela, la leyenda y la tradición. En Europa, la novela histórica encuentra su más importante representante en el ciclo Waverley de Sir Walter Scott de quien viene la idea que la acción debe desenvolverse antes de la vida del autor. En España, Gustavo Adolfo Bécquer publicó sus Leyendas en la década de los sesenta. Dos lustros después, la española María del Pilar Sinués de Marcos publicaría su leyenda original “Santa Teresa de Jesús” en El correo del Perú. La leyenda becqueriana y la novela histórica inglesa se confundían en el Perú con la tradición oral andina para inaugurar un nuevo género híbrido: la tradición que combina elementos de refranología, cultura, anécdota e imaginación. Ricardo Palma, el escritor romántico más alabado del Perú, vincula sus tradiciones directamente con Scott (además de Dumas y Fernández González), afirmando que la tradición no es nada menos que una “novela en miniatura”. Por su combinación de historia, ficción, leyenda y poesía, él reconoce que el nuevo género es híbrido (1954: IX-X). Las leyendas y tradiciones románticas son antídotos nacionalistas a un ámbito todavía transatlántica en su orientación cultural. Representan esfuerzos nobles para recuperar la historia, desnudarla para que todos la vean, recordándoles a los lectores el sentido de la nación. Desde la Revista de Lima hasta bien avanzado en el tiempo, se puede documentar la tradición en varias encarnaciones. Para los Andes, es preciso conceder a las leyendas y tradiciones tanta importancia como a la novela histórica. Son formas andinas de aquel género europeo, esto sí especialmente cuando el pasado ficticio no es un “pasado” experimentado por la autora.

 

Temas prehispánicos

 

No son abundantes las autoras del siglo XIX que hayan escrito sobre el Tahuantinsuyo. Aunque los decretos de San Martín y Bolívar eliminaron la mita y proclamaron que los indígenas eran ciudadanos, la atención prestada al indio se limitó mayormente a cómo integrarlo a la vida republicana, la injusticia en algunos casos, o el interés en los tesoros incaicos. El Perú de aquella época se diferenció de México de donde vino la primera novela histórica latinoamericana. Se trata de Xicoténcatl (1826), obra de un autor anónimo, la que se ocupa de la “República de Tlaxcala” en la conquista de México. No existe libro de este tipo en el país andino hasta el año 2000 con Las semillas de los dioses de Lucía Fox. Lo que tiene el Perú antes de la Guerra del Pacifico son sus tradiciones y leyendas.

 

No se puede entender la historia en una tradición de argumento prehispánico con la “objetividad” que los eruditos pretenden para la historiografía occidental. Primero, los quechuas no separaban lo legendario de lo histórico, y segundo, los españoles se empeñaron en borrar los antepasados andinos de su discurso. No obstante esta salvedad, la historia incaica tiene tanta importancia como la colonial en la reconstrucción de la nación luego de expulsar a los peninsulares en las primeras décadas del siglo XIX.

 

Después de Palma, la tradicionista de más peso fue Clorinda Matto de Turner (Cusco: 1854-1909). Redactó dos tomos de Tradiciones cuzqueñas y otro de Leyendas y recortes. Son escasas las Tradiciones que se refieren al Tahuantinsuyo por lo cual éstas no son representativas del conjunto. La cuzqueña, al igual que Palma, prefirió los temas coloniales sobre los incaicos. Sin embargo éstos tienen valor porque ofrecen una ventana a un pasado prehispánico dignificado con los obrajes logrados por los soberanos andinos aún cuando no caben dentro de la fórmula scottiana de Anderson Imbert.

 

Entre las tradiciones de esta índole destacan las que explican las formaciones geológicas, “Un diablo tísico” y “La peña del castillo” (1884: 31-33, 165-171). En esta oportunidad, nos limitamos a discutir aquélla que se refiere a la construcción de una acequia que daba de beber a los buenos vecinos de la ciudad imperial de Cusco. En el proceso de levantarla se interpone una divinidad, Corca Apu que exige del curaca una doncella de la casta incaica a cambio de permitir la construcción de tal alfagra, mandato que cumple el representante del Inca, hecho que permite llevar el proyecto a cabo. Andando el tiempo el Apu descubre que la doncella no es de las mamaconas ni mucho menos. En su furor convierte al curaca en montaña y cuelga a la pobre chica de un árbol. Ésta, sin embargo, invoca el espíritu de Pachacamac quien la libera convirtiendo al mismo Corca Apu en gran peñón.

 

Hay tres aspectos dignos de comentar acerca de esta tradición: la lejanía en el tiempo que ofusca la “historicidad” del acontecimiento, la rectificación del abismo temporal entre Tahuantinsuyo y la República, y la apreciación feminista del pasado para criticar el tratamiento que la mujer recibe en el presente. Cuando Matto habla del soberano, no puede darnos su nombre y admite que se trata de “uno de los Incas, aunque no sabré decir con fijeza cual de los antecesores de Atahuallpa” (1884: 31). Podemos suponer que es la lejanía histórica, la pérdida de los conocimientos del  SEQ CHAPTER \h \r 1quipucamayoc, y la destrucción de los anales incaicos por parte de los españoles que causa esta imprecisión, lo cual no comenta Matto. Sin embargo, ella trata de excavar los “hechos” del pasado para vincularlos con el presente. Cuando ella narra cómo los soberanos andinos “trabajaban por sí mismos a favor de los pueblos” quiere enviar una indirecta al “Presidente” de la República y su “ministro” (1884: 31). Compara una construcción llevada a cabo con “los diez mil indios con sus respectivos Curacas”, con los obrajes “que hoy demandaría proyectos, comisiones, vista de ojos, ingenieros norteamericanos” sin olvidar los ingresos necesarios del guano (1884: 31). Al incorporar el pasado en el presente Matto sana la nación herida por el coloniaje elogiando el pasado andino que compite en valor hasta con la tecnología yanqui. El colapso temporal conduce a otra conclusión más implícita y sutil. En aquel momento pretérito la doncella Illa Suya puede implorar “el auxilio de Pachacamac” quien muestra misericordia ante ella, protegiéndola, una circunstancia muy diferente de la vulnerabilidad que las mujeres republicanas padecían ante su poder religioso: los clérigos lujuriosos, tema que Matto ataca de frente en Ave sin nido e Índole. Contextualizando “Un diablo tísico” con estas dos novelas implica una crítica de la sociedad republicana. Por lo tanto, acudir a un Pachacamac bueno y amigo de las mujeres es una forma de defender a la mujer de los abusos clericales y asimismo una forma de asignar valor al pasado andino en la magna tarea de liberar la nación de prejuicios culturales importados de España.

 

Repitiendo los gustos del siglo XIX, las escritoras del XX han preferido el ambiente colonial sobre el del Tahuantinsuyo. Una excepción a esta regla es un cuento de Zoila Aurora Cáceres (Lima: 1877-1958), una ensayista que también cultivó la autobiografía y la ficción, sin mostrar interés por las novelas históricas. En 1929 publicó La princesa Suma Tica, “narraciones peruanas”, una colección de relatos que tienen lugar en el presente. Sin embargo, el primero es una leyenda en la tradición decimonónica. Se trata de la princesa Suma Tica y su esclava aymara. Las dos mujeres gozan de una belleza sublime y la ñusta, envidiosa de la hermosura de su sirvienta, denuncia la “traición” de su enamorado quien se condena a muerte. La esclava llora su pérdida, dejando el Cusco, aunque, antes de morir, ella dialoga con una divinidad que proclama un hechizo. Más tarde Suma Tica se enamora de un hombre. Pero ella es ñusta y él sólo cazador. Recordando el tema del amor frustrado del drama anónimo Ollantay, el amor de Suma Tica es prohibido. Al final el cazador muere. Otra vez la princesa Suma Tica envidia a su esclava porque está muerta y ya no sufre. Las conclusiones que Cáceres ofrece son polifacéticas y significan, “…la herencia de una civilización muerta, símbolo de la tentación del pecado para el católico, del dolor y del amor para el zagual andino, de la esfinge para el pensador, del genio maléfico para el supersticioso, de la desgracia para el amedrentado” (1929: 37-38). Conclusiones de esta índole sugieren una desconfianza ante el mundo andino y subrayan la cultura eurocéntrica de la autora, la que se evidencia en su novela modernista La rosa muerta (1914). Esta perspectiva europea resulta seguramente de sus prolongadas estancias en Francia, Italia y Alemania (1905-1914). Puede ser que por esta clase de eurocentrismo que otras autoras del siglo XX igualmente no tuvieran inclinación para explayarse sobre el Tahuantinsuyo.

 

Temas coloniales

 

Si bien la acción de las novelas de Matto de Turner despliega durante el siglo XIX, sus tradiciones, como ya queda indicado, se remontan en su mayoría a la colonia cuzqueña. Tratan de la Inquisición, las iglesias, los conventos, los monasterios, los padres, los frailes, las monjas, el materialismo de la Iglesia, los chismes, la justicia, el amor imposible, la rebelión de José Gabriel Condorcanqui, Simón Bolívar y la Independencia. Puesto que ya consultamos a sus tradiciones en lo referente a lo incaico y que le dedicaremos más atención en la sección republicana, dejaremos para otro momento este corpus importante de prosa histórica. En esta ocasión nos contentaremos con decir que la crítica social que tanto caracteriza las novelas naturalistas de Clorinda Matto se suaviza en sus Tradiciones.

 

Carolina Freire de Jaimes (Tacna: 1844-1916) es una autora injustamente perdida entre los pliegos. Sus poemas, ensayos y leyendas son frecuentes en las revistas El Correo del Perú, La Revista de Lima (segunda época), y el suplemento “La Revista de Lima” del periódico La Patria. Sin embargo, como asienten Castañeda Vielakamen y Toguchi Kayo, ella cumplió sus deberes literarios durante la década de los setenta con un “dinamismo nunca antes visto” (2003: 111). Entre sus obras, contamos con “Ccora Campillana. Romance histórico del tiempo de la Conquista”, “La hija del cacique: Leyenda americana”, “Muerta para el mundo” y “Andrea Bellido: La heroína de Huamanga”. Si las últimas tres son leyendas según las normas de la época, la extensión de “Ccora Campillana” sugiere la posibilidad de ser novela. Hace falta dedicar una atención prolongada y detallada a esta distinguida escritora tacneña, madre del autor boliviano Ricardo Jaimes Freire. En esta oportunidad compararemos dos de las susodichas leyendas, la primera asociada con las primeras incursiones europeas en tierras que más tarde se llamarán “Sudamérica” y la segunda con el último estertor del poderío español en el continente. Esta “leyenda americana”, “La hija del cacique”, se trata de Paraguazú, la hija del cacique Tupinambás y sigue la biografía de esta heroína brasilera con una excepción. Un portugués (gallego en la historia) Diego Álvarez Correa naufraga en las costas del reino de Tupinambás y es salvado por la hija de éste y los dos se enamoran inmediatamente. Este encuentro de transculturación muestra cómo la cacica se hace europea cuando el matrimonio viaja a París logrando una audiencia con la reina Catarina de Médicis pero también cuando don Diego sugiere a su esposa la idea de volver al Brasil (¡porque no le gusta laborar!), idea que ella acepta. Dado que Tupinambás ya había muerto, Álvarez Correa y Paraguazú (ahora llamada Catalina) se convierten en los reyes de las tierras paternales de ella, el pueblo de Velha. El tema de la belleza de amor se convierte en tragedia cuando Pereira Coutinho, el gobernador de una de las 12 capitanías hereditarias, codició las tierras de Velha y se sublevó a los portugueses para apropiarse de ellas. Como respuesta a la amenaza Paraguazú “lanzó un grito de guerra” a los suyos quienes atacaron a los portugueses de la capitanía. La tragedia consiste en que los tupinambás confundieron a Álvarez Correa con Pereira, matando al primero en su error. Este acontecimiento fatal parece ser invención de Freire de Jaimes ya que Paraguazú supuestamente vivió largos años más con su esposo en Velha. Muerta o no don Diego en las crónicas y en esta leyenda, doña Catalina de Álvarez fundó la primera iglesia en el pueblo (¿1582?), Nuestra Señora de Gracia. Esta leyenda entonces debe considerarse más como historiografía que como ficción pese a la libertad que la autora tomó con el destino del marido. “La hija del cacique” vincula a los Tupinambás con el Perú durante “el tiempo de los Incas” (1873: 215) y demuestra como Catalina “se fue civilizando”, arguyendo que, ella llegó a ser buena cristiana y fundadora de Iglesia, implicando la posibilidad de un futuro homogéneo basado en las raíces más heterogéneas, los indígenas de la selva y los portugueses de Europa.

 

La naturaleza de la leyenda “Andrea Bellido”, ésta ambientada en la época de la Independencia, es otra en que Freire de Jaimes cambia los pormenores de la historia, modificando la edad y el estado civil de la “heroína de Huamanga” agregando a su materia narrativa personajes ficticios. Este relato sirvió como punto de partida para el único libro que Freire publicó en su vida, su obra de teatro María de Bellido la cual forma una trilogía de dramas históricos junto con Pizarro y Blanca de Silva. Se podría decir que este relato es la romantización de un hecho histórico, el fusilamiento de María Andrea Parado de Bellido (1777-1822). En la versión de Freire, la quechuaparlante tiene la edad de los novios y un prometido Felipe López integrado a las huestes patriotas. La tensión narrativa comienza cuando un gallardo criollo don Fernando de Silva va a su casa para pedirle a su padre la mano. El padre le dice al español que la chica no le quiere y éste con sentimientos de ultranza espera fuera del portal donde “permaneció mucho tiempo meditando en su venganza” (1873: 546). Desde las sombras ve a un joven andino aguardando debajo de una ventana a la cual acude la bella Andrea, de “los rasgos más bellos y correctos”, (1873: 545). Ella le confía al muchacho una carta que contiene información “interesante” sobre las tropas reales y le pide que se la lleve a su amado Felipe. El chasqui se despide de ella y es sorprendido en la calle por el español quien, sospechando una carta de amor, mata a su rival con una puñalada. Al leer la misiva se da cuenta de que su verdadera naturaleza tiene poco que ver con el amor y la entrega a las autoridades que detienen a la muchacha, ofreciéndole varias oportunidades de cantar, las cuales ella rechaza hasta que es fusilada en la plaza de la ciudad. En este momento, “casi al mismo tiempo que la primera detonación, sonó otra, y una bala fue a herir a en la mitad del corazón a don Fernando de Silva” (1873: 551). Era López, el novio de María vengándose al vengador.

 

Esta es una versión romantizada de la historia en que una María Parado de 45 años se involucra en la guerra de la independencia no por el amor juvenil sino porque su hijo la inspiró. Haciendo más joven a la protagonista e inventando un triangulo amoroso y con el personaje ficticio de don Fernando, Freire compone un cuento de amor con raíces en los sucesos pero cuya meta no es seguir la historia al pie de la letra sino comentar el heroísmo de los quechuaparlantes y en especial el de Parado de Bellido. En vez de narrar la historia a secas su meta consiste en crear las emociones necesarias para cerrar el abismo entre los republicanos criollos y los quechuaparlantes patriotas implicando la posibilidad de un destino común.

 

Juana Manuela Gorriti (Salta, Argentina: 1819-1892) nos dejó una verdadera joya histórica, “La quena” la cual supera otra leyenda, “El postrer mandato”. A diferencia de las obras históricas que tratan sobre la conquista como “El postrer mandato” y las novelas como Guatimozin (1846) de la cubana Avellaneda, la acción de este relato transcurre en plena colonia. Por su lugar de enunciación, por su temática, por sus personajes, y por la ausencia de elementos argentinos en varios relatos, se nota lo peruano en la ficción que Gorriti redactó durante su período de mayor producción. Sería entonces una injusticia no comentar “La quena” aquí3 con la salvedad de que no figuran verdaderos personajes históricos como en las novelas de Scott, sino que éstos se convierten en condes y gobernadores genéricos, haciendo la crítica social más general.

 

“La quena” se publicó muy temprano: por entregas durante el año 1848 en el periódico limeño El Comercio4. Tanto Palma coma Riva-Agüero reconocen su importancia para el romanticismo peruano (1971: 17; 1962-97: I, 216)5. Es un romance, entonces, cuya aparición coincide con las primeras leyendas y tradiciones. Se trata de una novelle histórica que explora la intensa complejidad étnica de la sociedad virreinal. El argumento se centra en dos enamorados, Rosa y Hernán, ella una criolla de las capas superiores de la sociedad, él un caballero, aunque mestizo, fruto de un amor entre una princesa incaica y un conde español. Los padres de él nunca se casaron destacando la falta de estima y respeto que los españoles, en este caso un funcionario del gobierno ultramarino, guardaban para las andinas, aun las de las capas superiores de la sociedad, las que guardaban el secreto de los tesoros incaicos. Por lo tanto, el amor entre los padres de Hernán resultó ser un amor irrealizable y Hernán es el único vástago de aquella relación. Como los padres de Hernán, éste y Rosa padecen de un amor prohibido. La historia se convierte en una cadena de amores imposibles entre dos razas que habitan la misma tierra. Aunque los dos jóvenes se aman apasionadamente, la familia de ella quiere arreglarle un matrimonio con el oidor Ramírez. Además de las tres almas enamoradas, existe otro factor. La esclava Francisca, quien por una suma de dinero para comprar su libertad, hace creer a la pareja que ha ocurrido una infidelidad, separándolos y arrojando a Rosa a los brazos de Ramírez, formando un matrimonio frío y sin amor. Después, al hacerse religioso Hernán, se recalca la pérdida de la gloria de los incas (se extingue el secreto de sus tesoros subterráneos). Asimismo se subraya la dificultad del amor interracial, sin olvidar el factor imprevisto de la clase esclava en la sociedad, la cual busca su libertad a todo costo.

 

Con esta tragedia en prosa, Gorriti expone las distintas fuerzas sociales y raciales de la colonia que impactarían más tarde en la república independiente poniendo de manifiesto lo que más tarde Cornejo Polar llamaría “la heterogeneidad socio-cultural” de la nación. Teniendo en cuenta el ambiente criollo y conservador del siglo XIX, Gorriti se adelantó a su siglo recreando lo que Denegri llama una “subcultura literaria” que sin el “armazón romántico convencional” no hubiera encontrado lectores (1996: 92). Ella agrega que con el lenguaje y la trama románticos Gorriti pudo “reescribir la historia desde el punto de vista de los silenciados por el discurso oficial” (1996: 95). En esto consiste la importancia de Gorriti, una prosa fácil y placentera de leer que subversivamente comenta las distintas culturas subalternas que habitan el suelo peruano. Exploraremos con mayor precisión el tratamiento que hace de la servidumbre negra en la sección que se ocupa de la vida republicana.

 

Entre cinco novelas, Angélica Palma (Lima: 1878-1935) ofreció dos que acuden a un ambiente histórico como recurso literario: Coloniaje romántico y Tiempos de la patria vieja. Aquélla ganó el premio del Certamen Literario Internacional celebrado en Buenos Aires en 1921, publicándose dos años después en España. El marco de esta Novela de evocación histórica es el virreinato del Perú durante el reinado del borbónico Felipe V y se abre mostrando el duro tratamiento que se daba a las esclavas cuarteronas y zambas. Sobre este escenario se desarrolla la trama principal al aparecer la protagonista Violante, mujer noble, jovencísima y soltera, quien casan por obligación  con un hombre que no conoce, el marqués de la Vega del Genil, de mediana edad, formando un matrimonio infeliz (1923: 20). Su madre no sufre por ella, enfatizando más de una vez la importancia de ser “hija sumisa y mujer honrada” (1923: 25). Palma censura aquel ambiente para la mujer cuando lo asemeja a la tragedia barroca de Calderón de la Barca, El médico de su honra. Hay numerosas alusiones en las que ella se siente reprimida, que “los que ejercían autoridad sobre ella” toman decisiones “sin consultar su opinión” (1923: 75, 71). Contra su voluntad, la pareja lleva una vida recluida hasta que comienzan a frecuentar las veladas académicas del virrey, don Manuel Oms y Santa Pau, el marqués de Castell-dos-Rius6. Pese a la elevada intención de las reuniones, asisten a ellas, “barbilindos y damiselas con los cascos un tanto a la gineta” (1923: 62) abriendo oportunidades para la mala conducta, las cuales el narrador sugiere pero de las cuales la protagonista no aprovecha, a pesar de lamentar su condición: “¡Oh! Si el marido que la obligó a aceptar su madre hubiera sido también joven, compañero y no tutor” (1923: 75).

 

Al cerrar la acción novelesca (1923: 88-105) doblan las “campanitas místicas” y “un compañero de Cabildo” viene a casa para conversar con el marqués sobre un asunto “grave”. Simultáneamente, el “firmamento” se pone “oscuro” señalando el desenlace que no desemboca en ningún adulterio como se espera sino en la muerte del virrey, que con la tenebrosidad ambiental, simboliza una época depravada representada en las veladas. Lo tétrico se acentúa en aquel momento y vemos a Violante “huyendo, sin saber de qué”, echándose en la cama donde un murciélago golpea contra su “hombro desnudo”. El argumento del relato llega a su fin cuando ella grita y se desmaya. La clave de su significado se encuentra en una especie de epílogo donde vemos al marqués y su esposa después de cuatro lustros, ahora con su primogénita que celebra los esponsales. Si bien el marqués había querido casarla con un viudo acaudalado, prevaleció la voluntad de Violante que permitió que la hija se uniera a un hombre de su elección. Es decir, la autora muestra el cambio operado en la familia con respecto a la libertad de la mujer pero sólo después del fin del oscurantismo virreinal del marqués de Castell-dos-Rius, “tan a tiempo” como suspira la protagonista. La muerte del virrey, entonces, sugiere la eliminación del “coloniaje”, de las normas patriarcales que permitían dominar a las mujeres. El tratamiento cruel de los esclavos que se muestra al principio de la novela no queda resuelto en su conclusión. ¿Sería un descuido de la autora o significaría que el maltratamiento continuó desapercibido por los criollos al finalizar el virreinato decadente?

 

María Alvarado Rivera (Chincha: 1878-1971) publicó La Perricholi, novela dramatizada en 1946 aunque anteriormente había sido emitida por radio en 1936 y 1937. Esta obra romántica recrea la controversial vida de Micaela Villegas (1739-1819) quien fuera la mejor intérprete de las comedias del Siglo de Oro durante las últimas décadas del Perú colonial. La belleza de esta comediante mestiza quien mostró verdadero talento y gracia para encantar al público limeño, llamó la atención del anciano virrey, don Manuel Amat y Junyent, y ambos se enamoraron. El escándalo de la nobleza criolla no se hizo esperar sólo por las relaciones extramatrimoniales, sino por la envidia que sentían hacia Micaela, mujer más hermosa que las damas de clase alta que no se portaba de acuerdo según su humilde condición social. El apasionado y complicado amor de la pareja resultó una oportunidad para que condes y marquesas arruinaran la carrera de una Micaela nada hipócrita, y para que desterraran al viejo virrey, hechos históricos que cierran el primer tomo de la radionovela.

 

La segunda parte reconstruye la vida del hijo, fruto de la unión entre el virrey y Micaela, Manuel Amat y Villegas, joven malcriado, y más tarde mujeriego. Éste se enamora de Marianita Vergara y Leiva, pero Micaela prohíbe estos amores. Cuando los enamorados se fugan para forzar la boda, la vieja actriz, todavía bella y famosa, busca los favores de la policía para detenerlos y para mantener al hijo en la cárcel. Manuel finalmente cede a la presión materna; renuncia al amor que siente por Marianita para casarse con la preferida de su madre. Al final de la novela se revela que Manuel vive una vida limpia aunque sin la pasión desenfrenada que lo unía a Marianita.

 

Como ya es común en las reconstrucciones históricas de figuras femeninas controversiales, María Alvarado, por un lado, quiere desmentir con la suya las leyendas históricas alrededor de Micaela Villegas al mostrarla como una mujer altiva pero no interesada, como habitualmente se la describía7. Las actitudes negativas que Alvarado trata de corregir sobreviven hasta el siglo XX. Por otra parte, la autora muestra que la vida de la Perricholi no terminó cuando el virrey Amat regresó a España sino que vivió muchos años más. Estos años son los que constituyen el segundo tomo de la radionovela. Por lo tanto, la obra permite evidenciar que el destino de Micaela Villegas no se vincula únicamente al de un hombre, ya que tiene una vida productiva y fructífera, aún siendo madre soltera. La Perricholi, a pesar de la poderosa fuerza de la nobleza criolla y frente a un hijo mujeriego, puede mantenerse leal a sus convicciones, aunque revele que había absorbido los dictámenes de la sociedad al negarle al hijo su verdadero amor, como le había ocurrido a ella anteriormente.

 

Al iniciar el tercer milenio el Perú por fin recibe su Xicoténcatl, es decir la primera novela histórica sobre la conquista de los Andes. Nos referimos a Semillas de los dioses (2000) de Lucía Fox (Lima: 1928) que recrea con elementos esotéricos las épocas de la conquista y la colonia8. La autora efectúa una eficaz combinación de figuras históricas y personajes de ficción ya que vemos a Colón, Cortés, Malinche, los Pizarro, los Garcilaso de la Vega (padre e hijo), Almagro y varios otros junto a dos indígenas acriollados, Pedro y Francisco quienes siendo oriundos del Caribe pasan por México llegando a Cusco y Tinta donde conocen a los personajes principales de la conquista. Las décadas se convierten en siglos y los descendientes y amigos de Pedro y Francisco traspasan por la época de Guamán Poma a quien conocen, llegando a tener contacto con la Perricholi y Túpac Amaru II.

 

Esta novela constituye una saga familiar si la familia incluye amantes y amigos espirituales y revela las distintas maneras de resistencia al colonialismo. Conocemos a las varias generaciones de mujeres adaptadas a matrimonios arreglados y a personas quechuas, aymaras y amazónicas ajustadas a los caprichos de encomenderos, corregidores y aventureros. Los eventos que estos personajes atestiguan se determinan, al menos para los protagonistas Francisco y Zaira, por la astrología, los horóscopos, el misticismo cristiano, la religión incaica, y hasta el islam escondido tras el cristianismo nuevo de Zaira. La vida de ésta alcanza más de dos siglos, extendiéndose desde la amistad de Pedro y Francisco que conocieron a la Malinche en México, hasta llegar al fin de la novela, después del triste fin de Túpac Amaru II.

 

Elemento esencial de este mundo es la trayectoria del mito de Inkarrí que Fox adopta a su trama novelesca. Tradicionalmente el origen del mito de Inkarrí se asocia con Atahuallpa, “cuyo cuerpo decapitado”, explica Kapsoli, “se reencontraría con sus miembros subterráneamente hasta hallar su cabeza para generar el Pachacútec o la liberación” (1999: 13-14). En la novela el Inca decapitado es Túpac Amaru I, cambio que resulta importante porque establece una trayectoria directa entre el primer y el segundo Túpac Amaru con quien termina la narración. Esta “épica” nacional que presenta Fox resulta de intensivas investigaciones históricas y antropológicas (1995) y de un concepto esotérico de los acontecimientos en la conquista. La obra constituye un valioso esfuerzo para combinar la historiografía escrita con la cosmovisión andina en una divertida narración novelesca.

 

La vida republicana

 

Donde hubo un verdadero florecimiento de la prosa histórica con auténticos personajes reales es con las escritoras que se ocuparon primero de las guerras de independencia y luego de las primeras décadas de la nación republicana, conquistada la emancipación política pero inconclusa todavía la liberación cultural. Si en el ya comentado Coloniaje romántico la emancipación de la mujer puede verse como una alegoría de la autonomía nacional, en Tiempos de la patria vieja, Angélica Palma se enfoca, siguiendo el modelo scottiano, en el impacto de la guerra de la Independencia en el ámbito familiar9. La novela tiene como marco histórico la época inmediatamente anterior a la batalla de Ayacucho. El conflicto recreado es el problema político que surge entre don Rodrigo de Hinostroza, español viejo y sus hijos peruanos (1926: 13). El padre se alista en las tropas realistas mientras que el hijo Fernando lo hace en las fuerzas de Bolívar. Otro foco de desavenencia familiar se origina alrededor del deseo de la hija Rosario de casarse con Juan María Aguilera, rebelde vinculadísimo con la causa libertaria, relaciones a las que el padre se opone tenazmente. Juana Rosa, la madre, por su parte, se encuentra en una situación muy difícil, entre sus hijos independentistas y su marido realista, mientras que la esclava Chomba, obviamente, favorece todo lo que reprueba el padre, especialmente el amor entre Rosario y Aguilera, a quienes sirve de celestina10.

 

Los dos hijos comparten el fervor revolucionario de Aguilera: Fernando por patriotismo y Rosario por amor (1926: 93) de modo que las acciones de los dos hermanos, amor y guerra, representan a la nación peruana en proceso de reconfigurarse. La contienda, entonces, era “entre conocidos”, como afirma el general Sucre, pero paradójicamente como responde un republicano, también era “por conocernos” (1926: 144). Finalizada de la batalla de Ayacucho, derrotadas las tropas realistas, el viejo don Rodrigo cruza las líneas del enemigo para ver a su hijo herido en combate. La reunión es tierna si bien padre e hijo no pueden hablar de política. Éste se recupera mientras aquél se enferma, simbolizando el debilitamiento del poderío peninsular en el Perú. Al final el patriarca decide regresar a España afirmando: “Ni mis hijos son para mí, ni mi patria es su patria” (1926: 160). Al viejo no le queda nada más en la nueva nación asociada con el amor, la libertad, la lozanía, la juventud. El romance se cierra con la imagen de don Rodrigo que desaparece mientras que en el Cabildo de Ayacucho “se agitaba a los vientos, alta y triunfal, la bandera de la República” (1926: 161). La expulsión de los españoles en una novela netamente peruana representa el triunfo de lo peruano en la literatura nacional.

 

Entre 1886 y 1904 Teresa González de Fanning (Nepeña: 1835/6-1918) publicó cinco novelas, por lo menos una de ellas histórica, Roque Moreno, que recrea las fuerzas de la independencia, con sus patriotas que buscan venganza contra los godos y sus esclavos que se sublevan contra todos, funcionando como el motor de la acción. En esta novela se oponen, mediante el simbolismo de los nombres, dos tipos sociales para destacar sus diferencias. Por un lado se halla Roque Moreno, quien a pesar de ser mulato, tiene más de trescientos esclavos que viven en paupérrimas condiciones (1904: 11). Por otro, en cambio, se muestra a don Justo de la Vega Hermosa, un español que trataba tan bien a la servidumbre que “más era un patriarca que un amo” (1904: 17). La mayor parte del argumento se concentra en Roque y sus esfuerzos por apoderarse del oro perteneciente a Justo, cuyo comportamiento es muy puro. Mas este simbolismo no funciona en términos absolutos. El mulato no representa maniqueamente el mal cien por ciento ya que posee ciertos principios morales que le hacen ayudar al español en ciertas ocasiones.

 

Al final, ambos mueren, don Justo por ser godo y Roque asesinado a manos de un esclavo al que había tratado mal (1904: 51-52) y ninguno de los dos termina con el oro. La autora parece indicar que este régimen debía morir para dar paso a uno nuevo que se indica con el triunfo de la Independencia. La narración también aporta una ideología feminista ya que los hombres son los que cometen los crímenes y las mujeres, como la esposa de Roque, doña Chavelita, es una figura que en el plano público encarna la verdadera civilización, la moral, sin dejarse penetrar por pensamientos codiciosos, aunque en ciertos momentos débiles se siente atraída a don Justo por sus maneras y carácter bondadoso. La novela, publicada un año antes del Carácter de Riva-Agüero, revela un hispanismo descarado que puede explicarse por el momento que tomaba forma según el Zeitgeist. También trata de reproducir aquellos años terribles y heroicos a la vez cuando los esclavos toman la decisión de asesinar a sus respectivos amos para llegar a Lima y “suplantar al presidente General Gamarra” (1904: 50). Por los papeles de hombres y mujeres, de blancos y negros, la novela es un laboratorio interesante para ver la mutua fecundación de raza y género.

 

Amalia Puga de Losada (Cajamarca: 1866-1963) es quizá la menor del círculo de Gorriti, declamando su primer poema a los 13 años (Yeager, 1990: 365). Ella fue una autora prolífica aunque ha quedado casi olvidada. Entre su variada producción nos interesa aquí El voto, que como Tiempos de la patria vieja y Roque Moreno es novela histórica sobre la época de la Independencia, esta vez situada en la provincia natal de la autora, Cajamarca, “cuando ni si quiera se sospechaban los medios modernos de locomoción” (1923: 34-35). El argumento es sencillo: en una familia dividida entre realistas y patriotas durante la gran empresa de Bolívar, un hijo, Fernando de Mollinedo, de 20 años, se había alistado en las huestes del Libertador. Al triunfar las fuerzas de éste, Mollinedo regresa a su tierra natal, Cajamarca, donde ya había fallecido su padre, y profesado de monja su hermana, doña Catalina. Fernando poco a poco trata de integrarse de nuevo en la vida republicana de Cajamarca, tonificando la huerta de su padre. En el despliegue de la materia novelesca, Fernando reavive su amor juvenil a Agueda Gómez quien rechaza sus muestras de cariño. En el desenlace, se revela la razón, “ya no me pertenezco” (1923: 52), exclama la joven quien como la hermana de Fernando entrará al claustro. Fernando respeta su decisión pero abandona Cajamarca para integrarse al ejército de Gamarra en el sur de la República. ¿Qué significa la novela? Catalina y Agueda entran en el convento por vocación sirviendo de antídoto al anticlericalismo creciente del final del siglo, tema hecho famoso en Aves sin nido de Matto de Turner. El voto así acude al pasado menos tecnológico para proponer la necesidad de preservar el aspecto espiritual de las mujeres en una sociedad cada vez más materialista.

 

Con la llegada de San Martín a Lima comenzó, aunque tentativamente, la vida republicana en el Perú. Con él también llegó su ministro Monteagudo, quien más tarde se asoció con Bolívar y quien aparece como personaje secundario de “El ángel caído” (1862), relato que Juana Manuela Gorriti publicó en la prestigiosa Revista de Lima. Enmarcada en la época bolivariana de la historia peruana, esta valiosa novela ofrece una teoría sobre el asesinato de Monteagudo, tema que, a través de los años, ha generado muchas conjeturas. La peripecia del ministro se confunde con la trama principal de Andrés, un esclavo que había crecido entre blancos pero que, al hacerse hombre, fue separado forzosamente de las mujeres blancas. El rechazo de la sociedad le lleva a convertirse en cimarrón, trayectoria común, según Blanchard, entre los esclavos rebeldes durante aquella época (1992: 95-125). Para vengarse, persigue y viola a las criollas, entre ellas a Carmen, su amiga juvenil que lo despreció. Por tres días la viola. Destruida moral y físicamente, Carmen, según las normas sociales, es admitida en un convento, mientras él recibe la pena de muerte. Como centro de la trama secundaria se halla el controversial ministro Bernardo Monteagudo cuyo asesinato ha sido causa de diversas especulaciones, según Ricardo Palma, porque no se saben las verdaderas razones del homicidio, si fue venganza de los españoles vencidos, por orden del propio Bolívar, o el acto de un esposo ofendido, a pesar de que se lo atribuye al negro claro Candelario Espinoza (1883: 77).  También Gorriti proporciona su versión al hacer que el cimarrón Andrés, en complicidad con Candelario, mate a Monteagudo por ser uno de los enamorados de Carmen. De este modo, Gorriti interviene en la reescritura de los sucesos al proponer que el ministro fuera asesinado por un negro enamorado de una mujer blanca con la cual, según las normas de la sociedad de la época, no podía vivir. El crimen, de esta manera deja de ser simplemente político o apasionado y se convierte en un acto para castigar a toda la sociedad criolla racista en esta novela publicada siete años después que el presidente Ramón Castilla abolió la esclavitud. Por aquello, tres lustros después de abrir un camino en las letras peruanas para que los negros encuentren una voz en “La quena”, Gorriti lo fortalece en “El ángel” con ladrillos para cementar la protesta contra la injusticia.

 

El tema de la religión visto en El voto, adquiere la forma del anticlericalismo en Aves sin nido de Clorinda Matto que llega a ser novela histórica en el sentido de que la acción transcurre durante la presidencia de Manuel Pardo cerca de 1875, tres lustros antes de que lo escribiera. Mucho más histórica en el sentido de Scott es Índole cuya acción transcurre en el año 1858 durante la guerra civil entre el general Vivanco y el mariscal Castilla quien figura en la novela como personaje. El pueblo ficticio de Rosalina queda cerca de Arequipa, foco del conflicto. Con Índole, Matto adelanta la crítica del clero que inauguró en Aves, mostrando la destrucción que los sacerdotes pueden hacer en la sociedad desde el confesionario. El clérigo en esta novela es el padre Isidoro Peñas que se entromete en los negocios de dos amigos Valentín y Antonio, tratando de conquistar la esposa de éste, creando una red de desconfianzas en el matrimonio y en la amistad. Cuando el marido ultrajado va en busca del presbítero, éste ofrece sus servicios de capellán al batallón castillista, dando de su propio bolsillo para cubrir la planilla de los soldados. Los oficiales le recomiendan al general Castilla quien al establecer la legalidad de su gobierno, le ofrece una prebenda al capellán quien “tomaba colación en el coro de una de las catedrales de la república, señalado como persona de campanillas” (2006: 137). Matto inserta su discurso anticlerical en la historia de Arequipa para mostrar cómo los intereses creados en los Andes protegen a los “malos sacerdotes”, destacando su falta de vocación y de patriotismo, condición en los peruanos que resultó fatal en la Guerra del Pacífico.  Matto no fue la única novelista en interesarse en la guerra civil entre Castilla y Vivanco en Arequipa.

 

Jorge, el hijo del pueblo (1892) de María Nieves y Bustamante (Arequipa: 1865/71-1947/8) es la única novela que se conserva de su obra11, siendo superior a las de sus antecesoras y contemporáneas en extensión, complejidad, contenido histórico y mérito artístico, representando la unión feliz de historia y trama novelesca. El contexto histórico es el Perú recién liberado por argentinos y venezolanos y sumergido en el caos de las guerras civiles que mantenían en opresión a la gente como el antiguo régimen transatlántico. Su acción transcurre en Arequipa entre los años 1851 y 1857, es decir seis años antes de la ambientación temporal de Índole. El relato de Nieves y Bustamante posee asimismo un epílogo en el que se muestra la vida de ciertos personajes catorce años después de los eventos novelados. La narración se inicia cuando el gobierno central de Lima intenta imponer al presidente Echenique a una Arequipa que favorece al general Vivanco. Los dos volúmenes de esta novela relatan, como fondo, las conspiraciones y batallas entre la resistencia arequipeña a Echenique, y luego al general San Román, el representante del mariscal Castilla. Se observa la división entre los personajes de alta alcurnia y los “hijos del pueblo”, los cholos, aunque ambas partes sufren por igual los estragos de la guerra y las intrigas del edecán del general Vivanco, Alfredo Iriate. Éste desprecia a todos, desde la aristocrática doña Enriqueta hasta Jorge, “hijo del pueblo”.

 

Como en las obras anteriores, es obvia la denuncia de la autora a las conspiraciones y conflictos impulsados por hombres, militares o políticos. El caso más sobresaliente es el de Iriarte ya que su comportamiento afecta a la mayoría de los personajes. Por ejemplo, destruye moralmente a Guillermo de Torre, padre de Jorge, cuando al hijo le entrega una carta que indica el rechazo de su padre por ser mestizo, misiva de la cual el padre se había arrepentido tras profundas reflexiones. Este acto también lleva a la destrucción moral y física de Jorge al resultar herido por unos soldados a insistencias del traidor Iriarte. Del mismo modo destroza el corazón de dos señoritas aristocráticas; Elena muere de un corazón roto y la otra termina de novicia. Iriarte se casa con la primera cuando la madre de ella le impone este matrimonio infeliz, apartándola siempre de Jorge, un amor imposible debido a su humilde posición social. Nieves y Bustamante confecciona su romance con etapas sucesivas de suspense. Jorge, que no sabe del matrimonio de Elena con Iriarte, descubre que Guillermo de Torre es su padre, dándole un apellido de abolengo. Esto sólo le importa en cuanto pueda casarse con la bella señorita. Cuando declara su amor, le informan que está casada, aviso que lo deja en un estado letárgico. Más tarde enteramos que la boda de ella fue una farsa, que el “sacerdote” fue un amigo del sardónico Iriarte. Pero ni Jorge ni Elena saben de esto. Estos enredos dan a la obra de Nieves y Bustamante un alto valor artístico que coincide con una justa crítica social.

 

Como era característico del romanticismo, y exceptuando a la aristocrática doña Enriqueta, todos los personajes femeninos son puros, angélicos y virtuosos, con almas superiores, como también lo era Jorge. Al igual que sus antecesoras, Nieves y Bustamante describe a las mujeres como víctimas pasivas de los hombres criollos y, a pesar del romanticismo espiritual, existe cierto realismo en esta presentación ya que en el siglo XIX las mujeres no tuvieron tanta experiencia fuera del ámbito doméstico, permaneciendo en muchos casos lejos de la corrupción política y de la violencia bélica que contaminaban a los hombres.

 

Mientras las latinoamericanas de la primera mitad del XX se desinteresaron del subgénero de la ficción histórica (da Cunha 2004: 15), las peruanas, en cambio, seguían cultivándolo. De hecho con tres escritoras, Angélica Palma, Amalia Puga, y María Alvarado, la novela sobre el pasado se establece firmemente en la historia literaria del Perú. Nos queda preguntar por qué las tradicionistas y novelistas peruanas se interesaron más en la colonia y en el siglo XIX que en el Tahuantinsuyo. Nos parece que la colonia fue un punto de partida. Tenía todos los elementos que más tarde iban a definir la nación. Por la heterogeneidad de Gorriti y Fox, por el grito contra el oportunismo político de Nieves y Bustamante, por la actitud reformista de Matto, por la defensa feminista de González, Palma y Alvarado, por el esoterismo y la fantasía en Fox, una multiplicidad de voces se inserta en el discurso novelesco. El período de dominación española y las primeras décadas de la república formaron un lugar seguro para efectuar esta gran empresa sin fomentar la discordia con el establishment. La historia fue una gran herramienta en la búsqueda de una heterogeneidad justa y armónica.

 

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[1] Agradezco la beca para una ayudante de investigación concedida por el Center of Humanities, Loyola College, primavera de 2006. La ayudante, Hanna O’Neill, fue insuperable en el proyecto de escaneo para recuperar la ficción femenina de las revistas decimonónicas. 

[2] De verdad solo pudimos pensar en contados autores peruanos que han cultivado la novela histórica, Fernando Cabieses y su Los dioses vinieron del mar, Enrique Rosas Paravicino y su Ciudad Apocalíptica, Guillermo Thorndike con 1879 y La batalla de Lima, Francisco Carillo con Diario del Inca Garcilaso, Fernando Iwasaki con Neguijón, y claro, Mario Vargas Llosa con un trío de novelas, La guerra del fin del mundo, La fiesta del chivo, y El paraío en la otra esquina. En 2006 Santiago Roncagliolo publicó Abril Rojo en España y México.

[3] Hablar de Gorriti en el Perú (como lo hace Lichtblau [1959: 43-44, 86] también) es tan lógico como hablar de Matto en la Argentina, como lo hace Zanetti en “Búcaro Americano: Clorinda Matto de Turner…”. Las fronteras para las mujeres fueron mucho más porosas que para los hombres. Véase por ejemplo Pratt, 1993: 51-62 y Martin, 2004: 439-446.

[4] Fue recogida en Sueños y realidades. Consultaremos la edición de 1907, v. I: págs. 25-87.

[5] Más tarde Riva-Agüero cambiará de parecer. Comenta con Unamuno la calidad inferior de las obras de Gorriti. Véase Pacheco Vélez, 1993: 164 y 186-222. Se puede encontrar apreciaciones positivas sobre “La quena” en Iglesia, 1993; Denegri, 1996: 92-97 y Vergara, 1996 277-82.

[6] La Academia de Castell-dos-Rius tuvo importancia histórica durante los años 1709 y 1710. En la redacción de esta novela, Angélica Palma puede haber servido de las actas de estas reuniones, las que su padre publicó en 1899 bajo el título de Flor de Academias (véase Romero de Valle, 1966: 9-10).

[7] Cuentan entre los del siglo XIX Juan Antonio Lavalle y Ricardo Palma, y entre los del XX Eduardo Galeano y Thorton Wilder quienes la pintan como codiciosa, vanidosa y materialista.

[8] La obra de Cabieses, Los dioses vinieron del mar (1972) no se ocupa de la conquista hasta los últimos capítulos. La interesante novela de Fernando Iwasaki, Neguijon, apareció en 2005 y será un buen punto de comparación con la novela de Fox ya que también esta ambientada en los siglos XVI y XVII y asimismo aporta un mundo de magia, con alquimia y la búsqueda la piedra filosofal.

[9] Según señala el crítico Riva-Agüero, esta novela se compuso imitando la tradición de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós (1962-97: II, 509), hecho que quizás explique ciertas escenas en Cádiz, Puerto de Santa María y Sevilla.

[10] El tema de la esclava alcahueta se repite en una novela semihistórica de González de Fanning, con la Juana de Indómita quien facilita los amores entre su ama Rosa y su enamorado Edgardo (1926: 21, 22-23).

[11] Se habla de otro título, La sombra de Morán, que parece haberse perdido.

 


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