MANUELA SAENZ Y SU PALABRA ESCRITA*

 


Victoria Villanueva

Directora Manuela Ramos. Lima-Perú

 

 

Introducción  

En el proceso de recuperación de la historia de las mujeres, los diarios, las cartas y los testimonios escritos y orales, son fuentes directas y fundamentales para conocer la multiplicidad de sentimientos, ideas, intereses, acciones en la vida de las mujeres y nos permite saber también qué pensaban otras personas sobre ellas  y cómo se percibían ellas mismas.  

Este es el caso de Manuela Sáenz. Sus diarios y sus cartas hacen posible conocerla tal cual era ella o, más bien, cómo ella se percibía a sí misma,  atreviéndose a  expresar sus anhelos de libertad para todo el continente americano, sin renunciar jamás a su propia libertad. 

Manuela Sáenz nos permite también conectarnos con el pasado en su propio ritmo, imaginar ese convulsionado mundo del siglo XIX  en América desde su esquina y, al mismo tiempo, vincularnos con otras personas de su entorno, especialmente mujeres, que no llegaron a ser reconocidas en la historia. 

Los diarios y las cartas de Manuela Sáenz dan cuenta de más de cuarenta años de su vida que ella dejó registrados en la palabra escrita, aunque estos documentos hayan acabado dispersos, pues la vida de Manuela transcurrió entre uno y otro lugar, viviendo muchas veces en clandestinidad o a salto de mata, y tratando de esquivar los riesgos consabidos por enemistades políticas y hasta por las propias inclemencias del clima y de su salud. 

Respecto a estas fuentes, se han señalado las dificultades para leer a Manuela por su letra y ortografía. Por otro lado, los trajines de los viajes hicieron que el material se encontrara deteriorado y a veces ilegible. 

Sin embargo, y a pesar de todo, Manuela Sáenz se atrevió a dejar su huella a través de la palabra escrita con su propio estilo, directo y querendón, amistoso y altivo, escribía en tiempos largos, cuando las distancias eran reales. Escribía siempre. Por eso hoy podemos entrar a ese mundo controvertido del siglo XIX en el que las batallas daban su tiempo también para las pasiones. 

El diario de Quito y el diario de Paita, así como la correspondencia con Simón Bolívar a lo largo de ocho años, están contenidos en un trabajo editado por Carlos Alvarez Saa1, ecuatoriano que, al mismo tiempo,  organizó el Museo Manuela Sáenz en la ciudad de Quito2.  

Ha sido sumamente importante la lectura del Epistolario de Manuela Sáenz con Juan José Flores, Presidente del Ecuador mientras Manuela estaba exiliada en Paita, cuyo Estudio y Selección estuvo a cargo del Dr. Jorge Villalba F., S.J. en una edición del Banco Central del Ecuador. 

También fue posible conocer de Manuela Sáenz a través del abundante  material historiográfico sobre  Simón Bolívar, especialmente las Memorias que escribieran Juan Bautista Boussingault y Daniel Florencio O’Leary, que estuvieron en el entorno inmediato de Bolívar por largos años. Ellos dejaron registrada su propia mirada sobre Manuela.  

Del mismo modo, ocurre con biografías como “Bolívar. El caballero de la gloria y de la libertad” de Emil Ludwig que cierra un largo estudio sobre  Bolívar haciendo referencia al destino de Manuela que lo sobrevivió quince años y murió desterrada en Paita.   

Así mismo sucede en la biografía de Bolívar de Salvador de Madariaga, que recoge las osadías de Manuela en Bogotá, en circunstancias en que se resquebrajaba la unidad americana y se atentaba contra la vida de Bolívar.  

La biografía “Manuela Sáenz” de Alfonso Rumazo González también resultó un texto fundamental para entender a Manuela pues destaca el contexto de sus primeros años presenciando la revolución de Quito en 1809 y las contradicciones políticas que enfrentan sus padres.   

Manuela también fue motivo de asombro e incentivó la creación de novelas que la ubican como la amante inmortal, la amable loca o, simplemente, Manuela. Son estudios interesantes que recuperan la historia, desde la vida de Bolívar o desde ella misma. 

Gabriel García Márquez en “El General en su Laberinto” hace revivir los ricos diálogos que podían sostener Bolívar y Manuela, a la distancia, con una fina ironía que está presente a lo largo de esa correspondencia y transforma la historia oficial en una punzante novela. 

Carlos Hugo Molina en “Mi amable loca…” se ubica en el Alto Perú, hoy Bolivia, a donde llegó Manuela con Antonio José de Sucre y Simón Rodriguez y donde, según Molina, Manuela logró iniciar sus sueños periodísticos en el Diario “El Cóndor de Bolivia”. También Molina comparte un menú de una cena que había hecho muy feliz a Bolívar y la correspondencia que establece Manuela con Juana Azurduy.  

 En este recorrido, no ha tenido la misma suerte la búsqueda de información sobre Jonatás y Natán, dos hermanas-amigas-esclavas-negras que, como veremos a lo largo de esta historia, estuvieron con Manuela desde la infancia, como dos activas combatientes que participaron en las luchas independentistas y acompañaron a Manuela hasta pocas horas antes de su muerte. No obstante, Jonatás y Natán, con excepción de un trabajo de Argentina Chiriboga, apenas son conocidas y, menos aún, han logrado un lugar en la historia oficial.  

Antecedentes 

Manuela Sáenz,  nació y vivió en la primera mitad del siglo XIX (1797– 1856), época de enormes convulsiones en América y en Europa y se entregó con pasión y sin vacilar a la lucha libertadora para hacer realidad el sueño de la Patria Grande, de una América libre y unificada.  

Al mismo tiempo, desafiante y retadora, se permitió amar a Simón Bolívar libremente, sin mordazas ni barreras, ejercitando su derecho de amar a su manera. 

Esta vinculación con un hombre público posiblemente ha permitido que la historia oficial le hiciera un lugar a Manuela Sáenz, aunque su historia no comenzó ni terminó con él.  

Este hecho no debe llamar la atención porque, antes y ahora, es extraño que las mujeres aparezcan en la historia con voz propia. Por lo general, las encontramos subsumidas en las historias de otros y su propio tránsito por la vida no llega a ser visible, menos aún sus múltiples sentimientos e intereses.  

A pesar de todo, es posible encontrar algunas mujeres presentes en cada momento de la historia, en cada lugar, aunque con características diferentes, de acuerdo al entorno y al tiempo que les tocó vivir. En los precisos instantes en que se estaban produciendo grandes convulsiones sociales, ahí estaban ellas, como insurrectas.  

En la Europa del siglo XVIII,  están las mujeres marchando hacia Versalles en octubre de 1789, en París y “en las sublevaciones de la primavera de 1795 son ellas quienes redoblan el tambor en las calles de la ciudad, quienes se burlan de las autoridades y de la fuerza armada, quienes arrastran a los viandantes, quienes penetran en tiendas y talleres y se trepan a las plantas altas de las casas para forzar a los recalcitrantes a marchar con ellas a la Convención”3.  

Del mismo modo, durante la revolución inglesa las mujeres presentaban  "peticiones al Parlamento, movilizándose e iniciando motines en las ciudades y los pueblos, cuando se violaban justas reivindicaciones y las autoridades no cumplían con su deber  pues los precios del grano o del pan subían demasiado, los impuestos eran injustos, se cercaban los campos, se cometían humillaciones religiosas"4.  

En America, las mujeres estuvieron presentes en acciones colectivas en varios momentos de la historia. En todas las movilizaciones, revueltas, motines participaron mujeres de increíble valor pero que no son objeto de pública preocupación y, por ello, sus nombres no son reconocidos en la historia oficial y sobre las cuales es difícil encontrar información, a pesar de la contribución importante que pueden haber aportado al quehacer nacional e internacional. 

En la lucha emancipatoria reconocemos, en primer término, a Micaela Bastidas, que “perteneció a la Junta Revolucionaria, y cumplió funciones militares y políticas en el gobierno de Tungasuca (...) presionando inútilmente al líder de la sublevación para que marchara al  Cusco sin ningún resultado”[5]. Micaela es considerada la primera gran figura femenina peruana en la lucha política y militar.  

Otras mujeres indígenas, estuvieron también presentes en este proceso. Tomasa Titu Condemayta, Cacica de Acos, provincia de Quispicanchis, Cusco,  se unió al movimiento de Túpac Amaru y “dirigió una brigada de mujeres que defendió con éxito el puente Pilpinto (provincia de Paruro) de las tropas españolas. Tomasa Titu Condemayta fue condenada a muerte en 1781, y su cabeza fue enviada a Sangarará”.  

Asi mismo, Cecilia Túpac Amaru de Mendigure, hermana de Túpac Amaru y casada con el español Pedro Mendigure, fue una combatiente ejemplar que los españoles la consideraban incluso más peligrosa que la misma Micaela Bastidas. Por ello “fue humillada en las calles del Cusco montada en un burro, semidesnuda, y condenada a recibir doscientos azotes. Murió en la cárcel a causa de los maltratos el 19 de marzo de 1783, antes de ser desterrada”6

Al mismo tiempo, Juana Azurduy, Bartolina Sisa y Gregoria Apaza fueron valientes guerreras del Altiplano mientras que Policarpa Salavarrieta luchaba en  Colombia. 

Estas mujeres del siglo XVIII se adelantaron a su época, ingresaron a la lucha por convicción propia, decididas a terminar con la dominación española, pero murieron en plena rebelión que precedió a nuestra emancipación. 

En el siglo XIX, en la lucha por la Independencia, tenemos una deuda con muchas mujeres que quedaron en el anonimato como la señora Quirós, compañera de armas y de vida de un montonero indio, Cayetano Quirós (1820-Ayacucho). La señora Quirós, cuyo nombre real no ha pasado a la historia, murió en combate como segunda comandante de la montonera y su actuación tuvo un significado muy importante para los montoneros. 

Ventura Ccalamaqui – o Buenaventura Fernández de la Cueva o Munive, más conocida como “Ccalla Maqui” - es otra joven mujer que en 1814 se puso a la cabeza de un regimiento de mujeres, armadas de garrotes y palos que amenazaban tomar el cuartel Santa Catalina en Huamanga, Ayacucho, tomado por las españoles que seguían las órdenes del Virrey Fernando de Abascal.  

Del mismo modo, el caso de las Hermanas Toledo es escasamente conocido. En momentos en que el general La Serna, a cargo del virreinato, intentó romper el cerco creado por los montoneros en las zonas andinas, al llegar a un puente estratégicamente ubicado en Concepción, Junín se encontraron con la oposición creada por tres mujeres que decidieron impedir el cruce de los españoles por el puente. “Las señoras Toledo habían tomado sus armas como otros tantos soldados y habían dispuesto a la gente parapetándola ocultamente tras de las tapias o cercos inmediato al puente e impidieron así que pudieran pasar al lado opuesto y cayeron al agua"7

En Ayacucho, María Parado de Bellido acompañada de sus hijas trabajó también por la causa libertadora informando a las fuerzas patriotas de los desplazamientos y poderío bélico realista que mandaba a su esposo. En tanto María era analfabeta ella dictaba las cartas que luego firmaba. Los realistas desesperados ordenaron su detención el 24 de marzo de 1822 y su fusilamiento por negarse a informar quien escribía las cartas

Y así se podría continuar haciendo un recuento de nuestros pendientes.  

En esta oportunidad, Manuela Sáenz nos invita a transitar por este mundo, que ha dado mil vueltas y nos ha dejado historias reales en momentos diferentes, con intervención de personas que, con errores o aciertos,  se hicieron cargo, en su tiempo, de una parte del quehacer de este mundo, lleno de fascinantes vericuetos, muchos de los cuales se han hecho públicos y se han ido desentrañando poco a poco, pero mientras más sabemos de éstos, más nos convencemos que quedaron escondidos detalles importantes que fueron fundamentales en su momento. 

Un recorrido por la historia es, pues, una aventura y mientras más penetremos en ella, desde diferentes esquinas, más nos sorprenderemos de aquello no aprendido. Hoy la historia está llenándose de vida. No son más sólo batallas, héroes y fechas que parecían importantes y que teníamos que memorizar; hoy interesan los procesos que permitieron las transformaciones que nos llevaron a nuevos modos de vivir y a distintas formas de gobernar.  

Por alguna razón que todavía no se entiende, o no se acepta, en esas historias muchas veces no nos encontramos las mujeres y, cuando estamos, rara vez ocupamos un primer plano; ahí estamos en la retaguardia, entre bambalinas, en escritos de los hombres sobre las mujeres, no como sujeta histórica sino, casi siempre, acompañando a algún personaje donde las mujeres son vistas en relación con ese otro,  satisfaciendo los deseos de los otros, como el modelo de Sofía en el “Emilio” de Rousseau, una mujer comprensiva, responsable y amorosa, en contraposición a Emilio, el ideal de hombre racional que podría ser un ciudadano responsable8. 

¿Y qué pasó con Sofía, con sus aspiraciones y posibilidades?  

El final poco feliz de Sofía, lejos de ser un hecho individual conllevó también la infelicidad de Emilio, ambos  sin poder lograr una vida plena. 

En este nuevo camino para interpretar la historia  hay aportes  de mujeres y de hombres que alrededor del mundo se han asombrado ante la ausencia de una mirada a la vida cotidiana de esas personas que no tenían voz, y por eso callaron; gente común y corriente que se atrevió a pensar y proponer ideas diferentes, y por ello fue sancionada y, en general, personas con mentalidades audaces para su época, que fueron ignoradas.  

Por otra parte, el movimiento de mujeres, con sus propias y auténticas inquietudes, constituyó un impulso decisivo para que otras mujeres y otros hombres se orientaran a analizar la vida de las mujeres pero, fundamentalmente, las relaciones entre las mujeres y los hombres. Se inicia así un importante rescate  de la vida diaria, de su vestir y comer, de sus amores y sus luchas alrededor del mundo, que están haciendo posible echar una nueva mirada a la historia, recuperando estimulantes experiencias de la vida privada y, por tanto, de los sentimientos y afectos que movilizaron a hombres y mujeres, llevándolos por diversos caminos.  

A pesar de estos esfuerzos, los estudios realizados son aún incompletos. En este quehacer, las dificultades surgen, en parte, porque las fuentes directas sobre la vida de las mujeres son escasas y de difícil acceso.  Marguerite Yourcenar refería la "imposibilidad de tomar como figura central un personaje femenino; de elegir, por ejemplo, como eje de mi relato,  a Plotina en lugar de Adriano. La vida de las mujeres es más limitada, o demasiado secreta. Basta con que una mujer cuente sobre sí misma para que de inmediato se le reproche que ya no sea mujer. Y ya bastante difícil es poner alguna verdad en boca de un hombre"[9]. Y Yourcenar apenas si pudo ofrecer rasgos de Plotina, esa emperatriz  con pesadas trenzas, la amiga de Adriano que, finalmente, definió su destino. La otra Plotina quedó en el misterio. 

Este ensayo sobre la vida de Manuela Sáenz es, pues,  sólo un recorrido inicial que de ninguna manera pretende ser un trabajo de historia. Es un ensayo, con el recóndito interés  de  encontrar más acompañantes en este camino.
 

I. EL PODER DE LA PALABRA ESCRITA


Leer y escribir, cotidianamente, fueron para Manuela Sáenz la más clara  expresión de libertad que duró toda su vida, pero en los años finales en Paita, leer y escribir eran la razón de existir,  de reconocerse viva, viva por dentro. Leer de día o leer de noche, leer en todo momento, y escribir era el camino para vincularse con el mundo y con ella misma. 

En la primera mitad del siglo XIX  se multiplicaron las imprentas y las ciudades de cierta importancia contaron por lo menos con una imprenta y un periódico10 y a través de peticiones las mujeres proponían reformas y reivindicaciones.  

Sin embargo, esto no significaba que las mujeres tuvieran fácil acceso a los libros, periódicos u otras publicaciones. Esto estaba más bien restringido al público masculino y, ciertamente, a una élite social privilegiada.  

Manuela Sáenz, por razones de su condición de hija ilegítima y temprana desaparición de su madre, transitó por instituciones conventuales donde pudo estudiar, con las limitaciones de los conventos dominicos pero aprendió a leer y a escribir.  Refiere Argentina Chiriboga en “Jonatás y Manuela”: 

“Una tarde veraniega, la maestra impuso a Manuela la tarea de memorizar un poema de Fray Luis de León; pero mientras recibía la orden, dibujó a la profesora con ojos que parecían de conejo y el cabello alborotado como ramas; luego, estampó su firma imitando los rasgos de los grandes pintores. A Manuela le bastaba fijar las miradas en el texto y, en silencio, repetir los poemas tres veces para aprenderlos de memoria”11

Obviamente, no hay registro de su aprendizaje rápido ni de su interés por la poesía aunque  Juan José Vega apunta al respecto: 

“Manuela sabía escribir cartas inauditas y no faltan los que sostienen que también garabateó poemas. Consta que fue lectora de clásicos de la talla de Plutarco y de Tácito, así como de Cervantes y Tirso e, igualmente de Garcilaso”12

Lo cierto es que en el primer encuentro de Manuela Sáenz con Simón Bolívar, según relata la historia, la conversación giraba alrededor de sus aficiones literarias y Bolívar, en pleno baile, le recitaba en latín a Virgilio y a Horacio mientras que Manuela, intentando confrontar sus conocimientos, le recitaba citas de Tácito y de Plutarco. 

Este interés por Plutarco, tantas veces referido en los escritos sobre Manuela, puede relacionarse con su formación conventual dominica, pues según informa Michela de Giorgio, entre los autores propuestos por las escritoras católicas, estaban “los tratados de filosofía de Plutarco13, discursos de Sócrates, obras de Cicerón, de Thierry o de Muratori, que no ofrecían modelos de identificación sexual"14

A comienzos del siglo II d.c., Plutarco escribió un ensayo Sobre la virtud de las mujeres  afirmando la igualdad entre mujeres y hombres. Sin embargo, Pauline Schmitt Pantel anota que “Plutarco no cumple su promesa pues no realiza un paralelo entre las virtudes masculinas y femeninas ni escribe tampoco las Vidas de mujeres ilustres15.  

Sin embargo, a fines del siglo XVIII encontramos que Plutarco era una lectura que podía incluirse en los estudios regulares, como lo plantea Catharine Macauley en su trabajo “Cartas sobre Educación”, que propone la educacion mixta e incorpora como materias de estudio la danza, la musica, el bordado16

El interés por la lectura y, posteriormente, por la escritura en la historia de Manuela Sáenz y en tantas otras historias de mujeres y de hombres, tenía sin duda que necesitar destinatarios y ante la ausencia de éstos los diarios, en primer lugar, se convierten en el camino más importante para poder expresar sentimientos, más aún cuando se vive en soledad y en algunos casos puede tomar formas poéticas de primer orden o registros importantes de acontecimientos en procesos de cambio. 

La palabra escrita de Manuela Sáenz, tiene siempre tonos diferentes, sea en sus diarios como en sus cartas. Deja traslucir con nitidez su estado de ánimo y revive en cada línea sentimientos, identidades, formas de ser. 

Los diarios de Manuela Sáenz se inician el 19 de mayo de 1822, con el triunfo de la Batalla de Pichincha y la llegada de Simón. Era un momento de euforia colectiva y Manuela, de regreso sola en Quito, con su juventud y, al mismo tiempo con la experiencia en la guerra que le otorgaba la Condecoración impuesta por San Martín en el Perú, su amistad con Sucre y ser patriota en su propia tierra, la hace crecer. Ese primer diario dice:  

"Ya le he impartido órdenes a Jonathás, yéndose con Nathán a recoger información que sirva como espionaje, de dónde se encuentran las fortificaciones y los puestos de defensa de los españoles, para mandarles dicha información a los patriotas"17. 

Manuela adopta un tono de mando y se hace cargo de acciones de alta confidencialidad ejerciendo funciones de espionaje que puede ejecutar, en relación con Jonatás y Natán que son de su absoluta confianza, pues similares acciones habían realizado en el Perú. Para ello era necesario  tener conocimiento de la situación y una clara posición  en relación con los destinos que estaban en juego.  

De inmediato, el tono cambia cuando dice: 

“Ya son las cinco y media de la tarde. Jonathás y Nathán y yo estamos rendidas. Llegamos de auxiliar a los heridos y ayudar a calmar sus dolencias con bálsamo del Perú e infusiones de amapola. (...) Como a las nueve y media empezó la batalla, que gozamos con mucho nerviosismo, comiéndonos las uñas. Jonathás gritaba como una loca y Nathán se dio tremendo golpe en el brazo izquierdo por subirse en un escaparate vencido. La mañana tuvo un sol esplendoroso, radiante, como de gloria; para señalar el triunfo de los patriotas”18. 

Estas palabras reflejan con sencillez la euforia por el triunfo pero también el cansancio que podían sentir y el agotamiento como un hecho natural que ellas lo expresaban sin tapujos. Ese nerviosismo que las llevaba a comerse las uñas aparece libremente, pues en momentos de peligro las tres mujeres permitían expresar todo tipo de emociones. 

Nótese la diferencia de estas expresiones con los informes oficiales de las batallas, en los cuales solo pueden encontrarse datos simplificados de los hechos sin hacer alusión a las alegrías o sinsabores que encontraban en la lucha. 

Posteriormente, ese mismo día, Manuela relata con detalle la llegada de Bolívar a Quito, las múltiples celebraciones que tuvieron lugar y cómo participaron las mujeres. Reseña todos los nombres, sus características, ocupaciones y aquello que donaban como si quisiera que todo quedara registrado para la historia, convencida que ellas también, a través de estas acciones,  estaban construyendo redes subterráneas para el apoyo a la causa patriota. 

Los diarios tienen interrupciones pero se afirman en Paita, ante la soledad. 

Mientras tanto, sus cartas son continuas. Se inician en 1822 y terminan en Paita, con su muerte.  Al respecto Jorge Villalba dice: 

“Las Cartas de Manuela Sáenz tienen muchos méritos. Son fuentes de historia: mujer tan versada, tan observadora, tan relacionada con los hombres importantes de los países bolivarianos, nos ha dejado, en sus epístolas, lo que llamaríamos sus Memorias”19

Manuela escribió cartas a Simón cada vez que vivía su amor a distancia, durante esos ocho años y Simón respondía desde La Magdalena, de Huamachuco, del Cuartel General en Huaraz, en Junín, en Andahuaylas, en Chalhuancada, en Huancayo, en Huancavelica, en Arequipa, en Pucará, en Cusco mientras duraba la campaña en el Perú. 

Luego continuaría desde La Paz, desde el Cuartel General en Potosí, en Chuquisaca, en Pasto, en Ibarra, en Bogotá, en Bucaramanga, en Soledad, en Cartagena y en Turbaco. 

Este recorrido nos señala con alguna precisión la ruta de la independencia, ruta que tuvieron que realizar independientemente uno del otro, utilizando enlaces de confianza para hacer llegar las cartas. 

Esas cartas, hablan por sí solas. Desde “El Garzal”, el 27 de julio de 1822 le dice a Bolívar, a quien hacía poco había conocido: 

“La casa grande invita al reposo, la meditación y la lectura, por lo estático de su estancia. El comedor, que se inunda de luz a través de los ventanales, acoge a todos con alegría; y los dormitorios reverentes al descanso, como que ruegan por saturarse de amor...”20

Ensambla con sutileza esa invitación a la meditación y a la lectura al mismo tiempo que a los goces del amor, que ella revive en cada línea y los expresa haciéndolos cada vez más vivos.  

Pero los tiempos se hacían cada vez más difíciles. Estaba en formación las nuevas repúblicas con las contradicciones que acarrearon y las cartas se escribían en medio de acciones armadas, pero escritas para que lleguen, aunque fuera con retraso y el tono de las cartas cambiaba ante los acontecimientos. 

El 6 de agosto de 1825, en el Alto Perú Manuela escribe: 

“Libertador: 

      Estoy informada que hoy es el día fijado para el nacimiento de su obra más preciada (…) 

Termina una semana cargada de ansiedades y frustraciones que debí haber previsto en lugar de ver las cosas de una manera que no practica su Estado Mayor. Los generales y algunos togados me niegan la posibilidad de encarar responsabilidades que consideraba eran el merecimiento a mis desvelos para que los asuntos de Estado no sean solo de hombres. Y uniformados. 

(…) 

Me saltan las lágrimas de una rabia que me envenena y amarga el espíritu. Hoy los generales pasan por capítulos grises sin futuro y sin darse cuenta siquiera. Más allá de su benevolencia y sus palabras de aliento, debo admitir mi equívoco. 

Estoy dolida con la vida. ¡Justo en el día que se instala el Congreso de la República de Bolívar! Me consuela saber que Ud. existe.”

Nuevamente, como en su diario al que hemos hecho referencia, combina su referencia sobre las autoridades del Estado Mayor con sus “lágrimas de rabia” para, al cabo de unos meses, desde el Alto Perú donde se queda un tiempo más separada de Bolívar, escribir el 15 de febrero de 1826: 

“Simón, dueño de mi tiempo y de mi vida: 

Gracias por confiarme sus ensueños y permitirme que los disfrute tranquila, sola, con el sol de su recuerdo en este verano de Charcas acompañado de granizo y truenos que resisten ser vencidos y contra el que su autoridad no podría hacer nada, aunque quisiera. Lo espero, cuando su tiempo me dé encuentro en algún lugar de nuestras vidas. ¡Tengo tantos espacios que podrían servir de escondite a la dulzura de sus besos! 

Manuela”22 

En pocas líneas, aborda y cierra con provocadora pasión e intercala el reclamo con un tono sarcástico al referirse a su autoridad. 

Mientras tanto, Bolívar estaba enfrentado ya en esos primeros años de la independencia, a intentar salvar las múltiples contradicciones que aparecían en América del Sur, como lo señala en su Discurso ante el Congreso Constituyente de Bolivia: 

“Legisladores! Al ofreceros el Proyecto de Constitución para Bolivia, me siento sobrecogido de confusión y timidez, porque estoy persuadido de mi incapacidad para hacer leyes. Cuando yo considero que la sabiduría de todos los siglos no es suficiente para componer una ley fundamental que sea perfecta, y que el más esclarecido legislador es la causa inmediata de la infelicidad humana, y la burla, por decirlo así, de su ministerio divino, ¿qué deberé yo deciros el soldado que, nacido entre los esclavos y sepultado en los desiertos de su patria, no ha visto más que cautivos con cadenas y compañeros con armas para romperlas? Yo legislador…!Vuestro engaño y mi compromiso se disputan la preferencia; no sé quién padezca más en este terrible conflicto: si vosotros por los males que debeis temer de las leyes que me habeis pedido, o yo del oprobio a que me condenáis por vuestra confianza” (25 de mayo de 1826)23

Al mismo tiempo, estaba en cuestión la separación de Manuela de su esposo, James Thorne, y ella escribe una carta en noviembre de 1825 que condensa la picardía y el humor: 

    “Dr. James Thorne

No, no, no, hombre, por Dios. ¿Por qué hacerme Ud. escribir faltando a mi resolución? Vamos, ¿qué adelanta Ud. si no hacerme pasar por el dolor de decir a Ud. mil veces no? Señor, Ud. es excelente, es inimitable, jamás diré otra cosa sino lo que es Ud.; pero, mi amigo, dejar a Ud. por el general Bolívar es algo; dejar a otro marido sin las cualidades de Ud. sería nada. 

¿Y Ud. cree que yo, después de ser la querida de este general por siete años y con la seguridad de poseer su corazón, preferiría ser la mujer del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo o de la Santísima Trinidad? Si algo siento es que no haya sido Ud. mejor, para haberlo dejado. Yo sé muy bien que nada puede unirme a él bajo los auspicios de lo que Ud. llama honor. ¿Me cree Ud. menos honrada por ser él mi amante y no mi marido? ¡Ah!, yo no vivo de las preocupaciones sociales, inventadas para atormentarse mutuamente. 

Déjeme Ud., mi querido inglés. Hagamos otra cosa; en el cielo nos volvemos a casar, pero en la tierra, no. ¿Cree Ud. malo este convenio? Entonces diría yo que era Ud. muy descontento. En la patria celestial pasaremos una vida angélica y toda espiritual (pues como hombre Ud. es pesado). Allá todo será a la inglesa, porque la vida monótona está reservada a su nación (en amores, digo, pues en lo demás ¿quiénes son más hábiles para el comercio y la marina?) El amor les acomoda sin placeres, la conversación sin gracia y el caminado despacio, el saludar con reverencia, el levantarse y sentarse con cuidado, la chanza sin risa; éstas son formalidades divinas, pero yo, miserable mortal, que me río de mi misma, de Ud. y de estas seriedades inglesas, etc. ¡ qué mal me iría en el cielo! Tan mal como si fuera a vivir en Inglaterra o Constantinopla, pues los ingleses me deben el concepto de tiranos con las mujeres, aunque Ud. no lo fue conmigo, pero sí más celoso que un portugués. Eso no lo quiero yo. ¿ No tengo buen gusto?  

Basta de chanzas; formalmente y sin reirme; con toda la seriedad, verdad y pureza de una inglesa, digo que no me juntaré más con Ud. Ud. es anglicano y yo atea, ese es el más fuerte impedimento religioso, pero el que estoy amando a otro y no a Ud. es el mayor y más fuerte. ¿No ve Ud. con qué formalidad pienso? 

Su invariable amiga, 

Manuela”24  

En la correspondencia con el General Juan José Flores, ya desde el exilio en Paita, correspondencia que de acuerdo a Jorge Villalba F. S.J. es incompleta, aunque llega a sesenta carta, se combina el debate político, el reclamo y el tono querendón.  

“¿Por qué no deja, General, que hagan revolución contra Rocafuerte? Mire que es muy malvado, cuando usted menos piense le juega a usted alguna, bien debe usted conocerlo que es intrigante, cobarde y traidor; usted no se fíe de él”.

“¡Déjeme usted quejar! ¿Por qué trastornar el orden natural? ¿Y de quién sino de usted debo quejarme? Quince años de amistad me dan derecho de decir: Usted no se acuerda de mi, yo quiero que constantemente me piense”. 

Dice Villalba: 

“Estas cartas valen por sí mismas; porque son joyas del estilo epistolar. Al leerlas, Manuela cobra vida; es como si nos trasladáramos a una tertulia suya de Psita. La oimos conversar, percibimos las inflexiones de su voz que alternan de lo pausado y solemne, de lo triste o violento, a lo ingenioso y pintoresco, en que se deja llevar del más refinado humor quiteño, de la sal de su tierra que nulnca perdió”25 

En La Magdalena, Lima, a sugerencia de O´Leary, le fueron entregados a Manuela Sáenz los archivos y documentos de la Campaña del Sur, que habían sido ordenados y que ella depositara en un baúl que se convirtió en una pieza emblemática que la acompañó en  campañas y travesías hasta Paita, donde murió.  

 

II. UNA CRIOLLA EN LA AMERICA CONVULSIONADA  

"Difícil me sería significar el porqué me jugué la vida unas diez veces. ¿Por la Patria libre? ¿Por Simón? ¿Por la gloria? ¿Por mí misma? ".26  

 

América del Sur se debatía entre la monarquía y la independencia, mientras que Europa observaba con atención los acontecimientos que aquí se desarrollaban, especialmente Inglaterra que continuaba su proceso de expansión intensificando la producción textil. En España, en 1778, Carlos III otorgaba el decreto de Libre Comercio y abría nuevos caminos hacia América del Sur y en el Atlántico se beneficiaban especialmente los puertos de Caracas y Buenos Aires, posibilitando el ingreso de nuevas ideas que llegaban de Europa con Bolívar y San Martín. 

Mientras tanto, en Francia e Inglaterra, se vivía el nacimiento del feminismo liberal que planteaba cambios estructurales y daba lugar a la aparición colectiva de las mujeres en la escena política. La acción para la liberación de las mujeres emergía con fuerza  provocando transformaciones en la perspectiva de la vida de las mujeres que adoptaban un protagonismo político que tenía características de ciudadanía en construcción.   

En esta transición entre el campo político y el campo intelectual, es necesario recordar a dos mujeres que marcaron definitivamente posiciones, aunque por diferentes caminos. 

Olympe de Gouges (-1791), francesa, denunciaba las exclusiones explícitas de las mujeres y el mantenimiento de la desigualdad en la Revolución Francesa. Con indignación expresaba que las luchas sólo habían servido para un desplazamiento de la tiranía de los hombres pero no para su eliminación y mantenía un compromiso militante en la lucha por la liberación de las mujeres.  “La Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana”, escrito en setiembre de 1791, expresaba esa posición inspirada en la “Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano” de 1789. Poco después, Olympe de Gouges es guillotinada como girondina. 

Catharine Macauley (1731-1791), historiadora inglesa, contemporánea con Juan Jacobo Rousseau, escribió la “Historia de Inglaterra” en ocho volúmenes, publicado entre 1763 y 1783 así como “Cartas sobre Educación”, un trabajo pionero que no ha tenido mayor difusión. Macauley plantea que los seres humanos están separados y diferenciados por un conjunto de propiedades que se observan en mujeres y varones jóvenes en la sociedad. Remarca las diferencias en razón de atributos y conductas y plantea que mujeres y varones podrían reflexionar sobre la humanidad como un todo. Con esto, no quiere decir solamente que las mujeres podrían ser mejores que los hombres si fueran educados con ellos sino también los chicos pueden tener un desarrollo emocional mayor. 

Mary Wollstonecraft (1759-1799), inglesa,  que recibió la influencia de Catharine Macauley (1731-1791), también inglesa y contemporánea suya. Mary Wollstoncraft se centraba en la dimensión cultural de la opresión de las mujeres y de la reivindicación de sus derechos. Consideraba que la emancipación de las mujeres no pasaba por la negación de su identidad pues tenían una nueva manera de pensar y al cuestionar el poder masculino manifestaba que la emancipación de las mujeres no se vinculaba exclusivamente con la esfera política, abriendo un debate que replanteaba el funcionamiento de la familia, las relaciones de amor, la maternidad y sustentaba la defensa de la educación. Mary Wollstonecraft  escribió “Vindicación de los derechos de la mujer” que fue publicado en 1792.  

Los supuestos que planteaba la Ilustración se fundamentaban en la distinción esencialista binaria que definía a los hombres como los sujetos racionales, civilizados, participando activamente en la sociedad como trabajadores y como ciudadanos, mientras que las mujeres eran dependientes que debían ser protegidas y mantenidas. El hombre estaba identificado con el espacio público mientras que la mujer correspondía a la esfera privada. 

En ese contexto nació Manuela Sáenz.  

Mi patria es todo el continente americano  

Su madre era Joaquina Aizpuru, quiteña, hija de Mateo José de Aizpuru, vasco, Oidor de la Corona, propietario de la Hacienda Catahuango, en Quito,  en ese entonces la Gran Colombia, lugar donde nació Manuela y donde vivió durante su primera infancia. El padre de Manuela era un español, Simón Sáenz de Vergara, Regidor del cabildo de Quito, casado y con cuatro hijos. 

Simón Sáenz y Joaquina Aizpuru no sólo no estaban casados sino que eran diferentes porque mientras Simón Sáenz era un funcionario leal a la Corona, Joaquina, en cambio, participaba en las conspiraciones contra España de la época. ¿Cómo se conocieron? ¿Cómo amenguaron  sus discrepancias?  La información encontrada es incierta. 

Manuela era, pues, hija ilegítima de un español. En todo caso, podemos suponer que se trataba de una ilegitimidad formal pues correspondían a relaciones extraconyugales que parecían tener cierta permanencia y el embarazo era una consecuencia no deseada ni prevista, situación bastante generalizada en nuestra región, como señala María Emma Mannarelli: 

“Las relaciones extraconyugales seguían teniendo un peso fuerte y las uniones consensuales aumentaban en la ciudad. Los nacimientos fuera del matrimonio tenían una incidencia similar a la de la ciudad colonial27”.  

Es decir, Joaquina y Manuela no eran casos de excepción y puede interpretarse, por tanto, que esta condición no fue sustantiva en la formación de su carácter. 

En relación con la fecha del nacimiento de Manuela hemos encontrado dos versiones.  Por un lado,  Alvarez Saa manifiesta que Manuela nació en diciembre de 1795 y que su madre murió el 25 de enero de 1796, “según consta en la partida rubricada por Máximo Parra en el libro de Defunciones No. 6, folios 15 de la parroquia “El Sagrario”28. Mientras tanto, Víctor von Hagen dice que  “en la noche de Santo Tomás, Manuela fue llevada al rector de la iglesia de una parroquia de la periferia quiteña, quien procedió a bautizarla el 29 de diciembre de 1797, nacida dos días antes, una criatura espuria cuyos padres no son nombrados”29. Según esta información, Manuela debió nacer el 27 de diciembre de 1797. 

Lo cierto es que Manuela nunca manifestó su preocupación porque se conociera información detallada sobre la fecha y lugar de su nacimiento. Por el contrario, ella declaraba que su patria era todo el continente americano pues había nacido bajo la línea ecuatorial. Recordemos que la noción de estado-nación aún no estaba presente como unidad territorial y sólo se trataba de una comunidad imaginaria entre extraños pero unidos por la construcción de mitos, de un pasado que los acercaba y por un futuro prometedor. 

Sobre la historia de la madre se dice que murió al poco tiempo de nacer Manuela y que el padre tuvo que tomar decisiones sobre el futuro de la niña aunque, al parecer, los primeros años de su vida, Manuela los pasó en el campo, en la Hacienda Catahuango, propiedad de la familia materna, a 15 kilómetros al sur de Quito, en las lomas de Turubamba.  

Eran los inicios del siglo XIX y en América la abolición de la esclavitud estaba distante.  La población negra había llegado a inicios del siglo XVI luego de un desastre demográfico pues la población indígena sufrió una disminución notable. Era preciso suplir la escasa mano de obra indígena y se recurrió a la zona árabe  de Africa del Norte, ingresando por Africa Sursahariana. Allí los vendían como esclavos a daneses, portugueses, franceses, holandeses y los trasladaban hasta Cartagena de Indias, donde eran nuevamente vendidos. 

En el Perú, la población negra se ubicó en la campiña costera dedicándose a labores agrícolas; no se ubicaron en la sierra, mantuvieron el status jurídico colonial y no eran vistos como una amenaza para la clase dominante. Sólo en 1854, en el Perú se dio la manumisión de los esclavos negros por acción de Ramón Castilla, siendo presidente de la República Rufino Echenique. 

En ese contexto, el padre de Manuela salió en busca de compañía para su hija y (ver referencia Rumazo) 

Jonatás y Natán tenían, pues, una larga historia de fugas y aprendizajes con nuevos amos y nuevos nombres, diferentes misiones y demandas variadas, nada diferente del destino de las esclavas sin historia, que en las múltiples huídas llegaron a las costas de América Latina, sin saber realmente dónde había quedado su madre o cuál era el nombre que tendría que usar en estas tierras.

En ese trayecto llegaron a Catahuango, ese lugar escondido en los andes donde se encontraba  Manuela y, sin duda, el futuro en ese ambiente y con esa niña de su edad, era prometedor. Debían acompañarla diariamente y aprender todas a vivir en el campo, donde estaban obligadas las largas caminatas, diferenciando la época de siembra de la cosecha; ambientándose a las heladas con sus aguas frías y, en contraste, al brillante sol y a los días largos. 

Allí aprendió Manuela a montar a caballo, como amazona, estableciendo un diálogo con ese animal que había llegado con los españoles pero que ya vivía cómodamente instalado en las alturas de las montañas andinas. Precisamente, el caballo se convertiría en su fiel compañero, conduciendo a Manuela por caminos sinuosos y en guerra. 

También allí aprendió Manuela, con Joaquina, Jonatás y Natán, a tejer, a bordar y a hacer pasteles. Las niñas escapaban para compartir sus  comidas y sus ritos,  sus canciones y sus danzas. Argentina Chiriboga, en su novela “Jonatás y Manuela”, nos cuenta de los juegos de las niñas: 

“Cuando asomó la nueva luna, la esclava ya tenía organizados dos grupos infantiles: unos eran los musis o hechiceros y otros los mbokok o cañas de azúcar. Los dos bandos alborotaban las pampas con sus juegos: el pan quemado, la gallina ciega, la cadenita jaujau, las escondidas y la guerra. En ésta simulaban matar a los españoles, cubriéndose el rostro con hojas y reptando por las hondonadas”30. 

Pero esta época de juegos no podía durar. Al igual que otras niñas de su época, era de suponer que Manuela hiciera sus estudios regulares. A inicios del siglo XIX las aspiraciones educativas se ampliaban aunque eran restrictivas para las mujeres y más aún, estructuradas de acuerdo a la clase social.  

Jonatás y Natán, esclavas negras, evidentemente no podían acceder a la educación formal mientras que Manuela, hija ilegítima pero de una familia importante, sí tenía la alternativa que ofrecía la sociedad de ese entonces:  las instituciones religiosas en condiciones de internado, en Quito y donde la educación estaba orientada exclusivamente a las niñas.  

No ha sido posible saber con seguridad qué ocurrió con la educación de Jonatás y Nathán. Solo encontramos una referencia en la novela de Argentina Chiriboga “Jonatás y Manuela” que describe la estrecha amistad que existía entre las niñas y del misterio alrededor de un refugio que habían construido para sus juegos. Cierto día, casi son descubiertas pero logran salir airosas y ese mismo día: 

“Manuela, con su mano sobre la derecha de Jonatás, le enseño a dibujar las vocales. Muchas horas pasaron escribiendo el resto del alfabeto; la maestra Sáenz creyó perder la batalla, ideó técnicas y ambas mantuvieron fuerza de voluntad. Así, con el poder de convicción, inculcado por su esclava, convirtió el refugio en escuela. Ambas sentían placer al enseñar y aprender”31.  

Conociendo los Conventos por dentro 

Manuela ingresó primero al Monasterio de las Conceptas y allí fue criada por Sor San Buenaventura y a su muerte por Sor Josefa del Santísimo. En 1813 Manuela es internada en el Convento de Santa Catalina32, ambos de monjas dominicas. 

El padre tuvo que pagar una considerable cantidad de dinero para su ingreso y en el Museo Manuela Sáenz en Quito se encuentra “un retrato que representa a una monja con dos niñas: Manuela con una hermana y, posiblemente, Sor Teresa Salas, su tutora, quien le enseñó las primeras letras”33

Es probable que al lado de Sor Teresa, o bien con la monja San Buenaventura, del monasterio de la Concepción, haya adquirido Manuela ese gusto por las letras que le duraría toda la vida, aunque, sin duda, también en los conventos fue entrenada para el rezo, la confesión y la comunión.  

La mayoría de Conventos de ese entonces, eran de clausura para las monjas, pero abiertos para sus estudiantas, que tenían personal de apoyo que llegaba para hacer limpieza y llevar sus ropas a lavar a las casas. Mientras tanto, las alumnas salían sólo una vez por semana, aunque a través de sus ayudantas podían recibir información sobre lo que acontecía en las casas y en la calle y ellas, a su vez, podían mandar mensajes. Según relata Rumazo González, la clausura no era rigurosa pues la portería se abría muy temprano y se cerraba de noche y Manuela sentía el impulso de la vida libre y “a hurtadillas se ejercita en el baile; a hurtadillas también aprende a fumar”34

En realidad, como dice Patricia Martínez, en “La libertad femenina de dar lugar a dios”, los conventos eran espacios de libertad y, por tanto, de subversión y: 

“en los siglos XVI y XVII, más allá de los monasterios para mujeres, de las casas de recogidas para las indias, de los sermones de sumisión para la raza india y negra y de los preceptos de poder para los blancos existió la libertad de invertir el orden y de crearlo de nuevo"35. 

A comienzos del siglo XIX, en Quito, la situación no debió ser muy diferente y por ello tienen lugar comentarios sobre la vida de Manuela Sáenz en esta última etapa en el Convento Santa Catalina. Se relata un hecho que es citado frecuentemente y que proviene de las Memorias de Juan Bautista Boussingault36, científico francés que  conoció a Manuela en Bogotá, varios años después de los años de Manuela en el Convento.  

En concreto, las versiones dan cuenta del rapto o la fuga de Manuela con  Fausto d´Elhuyar, hijo de un químico y descubridor del tungsteno. Refieren que una noche Manuela abandonó el convento para unirse a Fausto, ausentarse durante unos días y al regresar al convento fue expulsada.  

Recordemos que los raptos eran sucesos muy comunes en esa época pues de lo contrario se debía esperar un matrimonio convenido entre las familias y la salida inmediata era la fuga, el rapto, la huída. Sin embargo, esta opinión no es compartida por Nela Martínez, quien rechaza esta versión pues dice : 

“No existe un solo documento sustentador de este episodio. Le inventaron un Fausto  D´Elhuyar - casi onomatopéyico -, salpimentaron la supuesta aventura y el retorno de la arrepentida al hogar paterno” 37.  

Es interesante observar cómo sobre un mismo acontecimiento las lecturas pueden ser diferentes y mientras los escritos de los hombres inciden fuertemente en estos supuestos amores con Fausto D’Elhuyar, Nela Martínez lo cuestiona argumentando la falta de sustento. 

En todo caso, este tránsito y prematuro abandono del Convento en momentos en que se había abierto ya la comunicación con otros lugares del mundo, es propicio para relacionarse con otras ideas e imaginar otros futuros. 

Esta aspiración por conocer otros mundos no era nueva ni exclusiva de Manuela. En América se vivía con atención el acontecer más allá de nuestras fronteras y las mujeres de la época también trataban de seguir el rastro de lo que ocurría en el viejo continente. No se doblegaban ante los condicionamientos sociales impuestos para que fueran ellas quienes quedaran siempre a la espera del otro, que podía ir por el mundo conociendo nuevas experiencias. 

Se han encontrado testimonios de estos intereses en diversos lugares  y, precisamente, hacía ya un tiempo (1771)  Abigail Adams reclamaba un lugar para las mujeres haciendo alusión a las diferencias en las oportunidades que tenían los hombres para viajar. Ella escribió una célebre carta a John Adams, su esposo, que se encontraba elaborando la Constitución de los Estados Unidos, donde dice:  

"Las mujeres tienen muy pocas posibilidades de ir al extranjero y de explorar la sorprendente variedad de países lejanos y están obligadas a contentarse contemplando sólo una pequeña parte del nuestro esperando el conocimiento que los hombres puedan adquirir en tierras lejanas”38. 

En ese contexto, el padre de Manuela considera que el matrimonio era una alternativa apropiada y sin que medie discusión con la hija, estando él en Panamá, establece relaciones con James Thorne, inglés y comerciante, para fijar el monto de la dote y las condiciones de la boda. Definitivamente no se trataba de un matrimonio por amor para ninguno de los dos. Según informa Jorge Villalba F., S.J., “en 1817 dota a su hija Manuela en 8.000 pesos”, dote que nunca logró recuperar Manuela.  

James Thorne vivía en Quito pero tenía negocios y planes para radicar en Lima y este matrimonio le daba a Manuela reconocimiento social y la posibilidad de conocer también otro mundo, ver un poco más allá de sus fronteras y Lima, en 1817, época de gloria del Virreinato, era el centro de la actividad política y social.  

Se trataba también de una época muy importante por la llegada de voluntarios que venían de Europa con el sueño de la independencia americana y también empezaban a llegar las primeras misiones norteamericanas. 

Es de suponer que estos intereses por conocer otros lugares fuera también compartido por Manuela y explica el entusiasmo con que emprende este primer osado trayecto. Sale de Quito a caballo, en compañía de Jonatás y Natán y con una casa a cuestas; al llegar a Guayaquil continúan el viaje en un barco pequeño por el Pacífico hasta llegar al puerto del Callao. 

 

* Victoria Villanueva. Manuela Sáenz y su palabra escrita. Lima, 2016, pp. 7-26.

[1] Carlos Alvarez Saa, Sus diarios perdidos y otros papeles, Quito, 1995.

[2] El Museo Manuela Sáenz está ubicado en la Calle Junín 709 y Montúfar, Quito.

[3] Dominique Godineau, Hijas de la libertad y ciudadanas revolucionarias, en Georges Duby y Michelle Perrott, Historia de las Mujeres en Occidente. Siglo XIX, p. 34.

[4] Natalie Zemon Davis, Mujeres y política, en Duby Georges y Michelle Perrot, Historia de las mujeres en Occidente. 3. Del Renacimiento a la Edad Moderna, Madrid, Taurus, p. 238-239.

[5] Sara Beatriz Guardia, Mujeres peruanas. El otro lado de la historia, Cuarta Edición, Lima, Perú, 2002, p. 115.

[6] Sara Beatriz Guardia, Mujeres peruanas. El otro lado de la historia, Cuarta Edición, Lima, Perú, 2002, p. 125.

[7] Virgilio Roel, La Independencia, pp. 196-197.

[8] Georges Duby y Michelle Perrot, Escribir la historia de las mujeres, en Historia de las Mujeres en Occidente, 1. La Antigüedad, Taurus, Grupo Santillana de Ediciones, S.A., 2000, Madrid, p. 23.

[9] Marguerite Yourcenar, Cuaderno de notas a las “Memorias de Adriano”, EN Memorias de Adriano, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1995,  p. 303.

[10] Cristóbal de Aljovín, Caudillos y Constituciones. Perú: 1821-1845, Lima, 2000, p. 71.

[11] Argentina Chiriboga, Jonatás y Manuela, Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, Quito, Ecuador, 2003, p. 95.

[12] Juan José Vega, Manuelita Sáenz en Paita. 1835-1856.

[13] Plutarco es un escritor griego que escribió “Vidas Paralelas” y es conocida su máxima que dice: “ No necesito amigos que cambien cuando yo cambio y asienten si yo asiento. Mi sombra lo hace mucho mejor”.

[14] Michela de Giorgi, El modelo católico, en Historia de las Mujeres, 4. El Siglo XCIX, p. 223.

[15] Pauline Schmitt Pantel, Introducción a Historia de las Mujeres. La Antigüedad, Taurus Minor, Madrid, 2000, p. 36.

[16] Catharine Macauley, The Letters on Education

[17] Carlos Alvarez Saa, Manuela, Sus diarios y otros papeles, Quito, 1995, pp. 9-10-

[18] Diario de Manuela Sáenz, Quito, 1995, p. 10.

[19] Jorge Villalba,S. J., Manuela Sáenz. Epistolario. 1829-1853, Banco Central del Ecuador, Quito, 1986, p. 14.

[20] Carlos Alvarez Saa, Epistolario en Manuela, sus diarios perdidos y otros papeles, Quito, 1995, p. 68.

[21] Carlos Hugo Molina Saucedo, Manuela, mi amable loca…, Eureka Ediciones, La Paz, Bolivia, 2001, p. 68.

[22] Carlos Hugo Molina Saucedo, Manuela, mi amable loca, Eureka, La Paz, 2001, p. 89

[23] Jaime Jaramillo Uribe, Selección y prólogo, Simón Bolívar, El Áncora Editores Pananamericana Editorial, Bogotá, 2002.

[24] Carlos Hugo Molina Saucedo, Manuela, mi amable loca, Eureka, La Paz, 2001, pp. 126-127.

[25] Jorge Villalba F., S.J., Estudio y Selección, Manuela Sáenz Epistolario, Banco central del Ecuador, Quito, 1986, p. 14.

[26] Carlos Alvarez Saa, Manuela, Sus diarios perdidos y otros papeles, Segunda edición: Enero, 1995, Bicentenario del Nacimiento de Manuela, p. 44.

[27] María Emma Mannarelli, Pecados Públicos. La ilegitimidad en Lima en el siglo XVII. Lima, Flora Tristán,  1993.

[28] Carlos Alvarez Saa, Manuela Biografía, Quito, 1995, p. 21.

[29] Víctor von Hagen, Las Cuatro Estaciones de Manuela Sáenz 1797-1856, Corporación Marca S.A., Venezuela, p. 26.

[30] Argentina Chiriboga, “Jonatás y Manuela”, Segunda Edición, Abrapalabra Editores, Ecuador, 1998,   p. 83.

[31] Argentina Chiriboga, Jonatás y Manuela, Segunda Edición, Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”. Quito, Ecuador, 2003.

[32] Jorge Villalba F., S. J., Manuela Sáenz, Epistolario-1829-1853, Banco Central del Ecuador, Quito, 1986, p. 204.

[33] Carlos Alvarez Saa, Biografía de Manuela Sáenz, Segunda Edición, Ecuador, 1995, p. 22.

[34] Rumazo González, Alfonso, Manuela Sáenz, Grandes Biografías, Tomo III, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 2003.

[35] Patrícia Victoria  Martínez,  “La libertad femenina de dar lugar a dios” Perú, 2004, ,p. 81.

[36] Jean Baptiste Boussingault, Memorias

[37] Nela Martínez, Manuela Sáenz, Coronela de los Ejércitos Libertadores de América, Taller de Comunicación Mujer, UNESCO, Corporación Promoción de la Mujer, Quito, Ecuador, p. 16.

[38] Alice S. Rossi, The Feminist Papers, From Adams to de Beauvoir, “Remember the Ladies”: Abigail Adams vs. John Adams, Northeastern University Press, Boston, 1988, pp. 9-10.


 

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